10 feb. 2008

EDITORIAL CUENTERA , O EL CUENTO O LA VIDA





Algo pasó en el alma de los hermanos Chang. Algunos dirán que se volvieron locos como el Quijote de tanto leer los cuentos de sus negocios. Nosotros no nos atrevemos a llamarlos de esa manera; quizás decir que están en un nueva etapa de su vida sea más correcto y más sano.

Total que se metieron en un montón de talleres; están en el de Israel Centeno, en el del ICREA, en el de la Metropolitana, en el de Santa Palabra y en cualquier otro. Se la pasan de cabeza en librerías y bibliotecas. Sus guardaespaldas cargan rumas de libros, y ellos dos van con reglas, compases, calculadoras, grabadoras y cámaras fotográficas. Ya parecen turistas japoneses de tanta curiosidad y de tanto grabar y tomarles fotos a sus conejillos de indias (han puesto a personas a leer -apenas le pagan un bolívar por sesión-, e intentan capturar ese instante en que se produce la magia).

Para colmo, descuidan los negocios; pero tal cosa no nos moleta, es menos trabajo para nosotros.

-Queremos saber eso que escriben en los blogs -dicen-, eso que ponen en nuestros negocios.

Quieren saber sí, quieren desentrañar misterios, adentrarse en el arte de la escritura, del cuento. Quieren saber sí, con mediciones, con cálculos, con fórmulas, con respuestas concretas. No se cansan, las 24 horas y los 7 días a la semana están en eso.

Hace poco nos ordenaron que sacáramos un cuaderno. No fue un mandato amable. Fuimos llevados a uno de sus galpones; allí nos sentaron en sendas sillas de madera, así todas normalitas. Entonces vinieron sus esbirros y colocaron frente a nosotros dos sillas de tortura china; ya saben, de esas que tienen hojillas por todos lados. Éstas, según los mismos Chang, estaban aderezadas con sangre con SIDA; así que la idea no era morir de una vez, sino sufrir mucho sobre aquellos asientos infernales y luego morir lentamente de SIDA, impedidos de todo tratamiento por voluntad de nuestros amos.

-Cortázar dice que con el cuento hay que pasar al otro lado -dijo un hermano Chang.
-Pero a veces, ese otro lado no es tan amable -dijo el otro.
-¿Quieren ustedes pasar al otro lado? -dijo el primero acariciando una de las sillas chinas.

En aquel momento más que ningún otro en nuestras vidas, sentimos que estábamos hechos de carne y hueso y, sobre todo, de terminaciones nerviosas que llegan a nuestro cerebro y activan el conocimiento profundo y pleno de la palabra “dolor”.

-Pues entonces díganle a sus amiguitos que nos manden sus explicaciones sobre el cuento -dijo el segundo.
-Tenemos muchas sillitas como éstas metidas en un furgón.
-Y mucha sangre infectada de SIDA.
-SIDA de África.
-Del peor.
-Y las sillas vienen directo de China, además.
-Así que son las más filosas del mundo.
-¿Por cierto, no han leído…? ¿Cómo era?
-Mar Caribe.
-¡Eso, Mar Caribe! Es un libro de cuentos excepcional. ¿La han leído?

Negamos con la cabeza.

-Es mejor que cualquier cosa de Murakami.
-O de Bolaños.
-Sí, ¿cómo se llama el autor?
-Ram Krishnapur.
-Ah sí, Ram Krishnapur, el famoso escritor chino.
-Ganador del Nobel en 1943.
-¿Lo conocen?

Volvimos a negar con la cabeza.

-Bueno, no importa.
-Lo importante aquí es nuestra orden.
-Así que a decirle a sus coleguitas que nos envíen sus trabajos.
-A ver si sacan veinte.
-O Cero... Cero positivo.
-Ah, y si eso no los convence tenemos otra sillita.
-Que no tiene agujas.

Los esbirros trajeron una de esas otras sillas incógnitas. Nos gustó menos. Los Chang y los esbirros se carcajearon. Verle los dientes careados fue también una gran tortura.

Finalmente nos dejaron ir; y bueno, aquí estamos. Nuestros colaboradores nos han mandado sus trabajos. Hay de todo: El Tarot como una escritura, los berros y el cuento, la importancia del lector, el cuento y los cinco sentidos puestos a la orden del fetichismo, las excusas para no escribir cuentos, el cuento austrolopiteco, el cuento como un pez, el cuento en consorcio con otros cuentos, el cuento y el atlas Chang, el cuento y los locos, el cuento del cuento y más. Esperamos que los Chang estén conformes y ustedes también.

Y sin más cuentos, el cuento…


Fedosy Santaella y José Urriola (encuadernadores)

LOS CATORCE PASOS

Joaquín Ortega



Para las 144 mil rescatados



1. Escribe sobre tu padre: el que imaginaste, nunca el que tuviste al frente.

2. Escribe sobre tu piel: haz memoria de todas las ausencias, de lo que dejaste de sentir, de lo que pasaría si no la tuvieras.

3. Escribe sobre los ancianos: hazlos parecer siempre más inteligentes de lo que realmente son. De ti depende que los viejos sabios no queden sólo para la Biblia.

4. Escribe sobre los perdedores y ahonda en sus fracasos: si naufragaron, probablemente se lo merecían.

5. Escribe sobre lo que nunca pudo haber pasado: los presentes paralelos te mantendrán vivo y alerta.

6. Escribe sobre los hijos que nunca tuviste: críalos en el cuaderno tan mal como puedas.

7. Escribe sobre las noches sin estrellas: sólo la oscuridad tiene el poder de conectar los verdaderos acentos.

8. Escribe sobre los caminos: ir y venir no es nada, lo verdaderamente lucrativo es el material del que están hechos: piedras, lodo, cemento, detritos, arena, asfalto, fuego, genitales, plasma o poder.

9. Escribe sobre la enfermedad: la salud nunca ha enseñado nada. Desconfía del ejercicio como del padre de todas las mentiras.

10. Escribe sobre las pérdidas: lo que te haga falta siempre será compensado con un nuevo miembro o una segunda visión.

11. Escribe sobre las partidas: que nunca te importe llegar. Las metas son para los cobardes, para los que creen en proyectos y en el sentido. Son para los que tienen que ver el sol para saber qué los escalda.

12. Escribe sobre la muerte después de la vida: estrangular a un personaje en fase embrionaria se convierte en el aborto más prodigioso.

13. Escribe sobre los efectos: no hagas psicología de tu personaje, cada quien es lo que es por su presente nunca por su pasado.

14. Escribe sobre los sueños sin sucumbir a su presencia y al caletre: pueden volverse el apuntador más caro de tu vida.

Un consejo sin numeración: haz lo que te dé la gana.




http://joaquinortega.blogspot.com/

UN CUENTO

Carlos Sandoval



Un cuento. En la cuadra donde viví hasta los once años había un zapatero: Teotino, que a su vez tenía un hermano a quien llamaban El Loco (su verdadero nombre era Víctor Pereira, pero esto lo sabría mucho después). Al Loco le daban unos ataques en plena calle: comenzaba a tirar piedras y a perseguir a la gente. Era un borracho, vivía de la caridad del barrio. Odiaba a Teotino porque el zapatero le botó un colchón lleno de billetes. Más de una vez el Loco Víctor le cayó a pedradas a la tienda de su hermano ante la displicencia de la calle que veía en el suceso un motivo de recreación.

Víctor se dejaba caer con frecuencia en el pequeño local de mi padre: una tipografía ubicada en la planta baja del edificio donde vivíamos. Una mañana El Loco se apareció con los tres tomos de la Historia de la filosofía, de Nicolás Abagnano; otra, con los dos gruesos volúmenes de Giacomo Prampolini: La mitología en la vida de los pueblos. ¿De dónde sacó aquellos libros? ¿Los habrá leído?

Una tarde Víctor se enfrascó en una discusión con Key, el funcionario de al lado de nuestra casa, sobre la palabra Harmonía: ¿era con o sin hache? Papá me había enviado, como siempre, a comprar cervezas en el depósito de Santana Morillo, por lo que cuando entré El Loco ya había reducido al pobre Key. Víctor se tomó la botella y caminó hacia la rampa, hacia lo alto del barrio donde, decían, dormía debajo de un alero.

Admito que el cuento es poco interesante, pero para mí contiene eso que nos hace leer la prensa de sucesos y escuchar cualquier chisme: el misterio de una vida pequeña, común, que en apariencia no tiene nada qué decirnos y sin embargo… Aquel gesto de Víctor me reveló un mundo secreto y desconocido al cual nunca tuve acceso. Tal vez El Loco murió, quizá el colchón era otra ficción, pero no dejo de acariciar las tapas de Prampolini y de imaginar de dónde sacó aquel borrachín la explicación sobre Harmonía, una de las diosas griegas.


Carlos Sandoval
febrero 2008


5 FETICHES PARA CONSTRUIR UNA FÁBULA

Humberto Valdivieso


(Rolando Peña. Confieso que he besado, homenaje a Rubén Monasterios)




(Narrar es un dejo de placer, espacio donde el cuerpo queda catalogado. No narro, no hago poesía: apenas puedo inventariar algunas sensaciones)

1. Lamer y morder
¿A qué sabe una ciudad? ¿Cuál es su textura? ¿Dónde están los sabores contradictorios de una historia? ¿Mordemos libros o mordemos piel? ¿Pasamos la lengua sobre una hoja o lo hacemos sobre conflictos? Una fábula aparece en medio de una crisis que se desea y no puede soltarse. Es un acto de canibalismo y fruición. Las palabras y las acciones deben morderse con un poco de asco y deseo a la vez. Por eso, no hay nada que sepa mejor, desde mi perspectiva, que las ambiguas mezclas de situaciones imposibles.

¿Qué somos los seres humanos cuando nos atacan las inseguridades? ¿Qué soy frente a los pixel en blanco de mi monitor cuando tengo miedo de comenzar? Ahora que debo pensar en este laberinto, diagramado perversamente por los Chang, voy a detenerme, apenas un instante, en la inestabilidad: vivir es similar al frágil vaivén de las teclas del laptop cuando se hunden bajo mis dedos esperando volver a subir. Nada es duradero, todo se arriesga y aún así no puede uno detenerse. Es como unos dientes que van y vienen sobre la carne, como una lengua que no abandona un cuello.

2. Olfatear y babear
No suelo pensar en cuentos y mucho menos en novelas, con toda seguridad por una limitación inconfesable. No pude explicarle a Carlos Sandoval ni a Fedosy Santaella (lectores pantangruélicos) qué cosa es mi último escrito. Por eso he decidido que me quedaré encerrado en la teoría de los símbolos, que voltearé hacia la imagen cuando se trate de pensar y teorizar, y nunca hablaré de la literatura del otro (de ese que no soy yo, y que siempre me supera). Entonces, sólo me queda pensar en qué cosas cuento desde mi teclado y no en qué cosas pueden ser contadas en la literatura. Fábulas, eso hago. ¿De qué se trata? Me amarro a la quinta y cuarta acepción del DRAE para poder explicar: “relación falsa, mentirosa, de pura invención, carente de todo fundamento”. “Ficción artificiosa con que se encubre o disimula una verdad”. Y es en ese acto de fabular donde encuentro que es posible contar una historia olfateando los límites de lo narrativo, buscando los aromas más adúlteros de la lengua. Esos donde los géneros literarios mienten sobre sí mismos y se babean unos con otros hasta confundir al prójimo (ese que no soy yo, y que siempre me supera).

3. Arañar y sudar
A veces pienso que un sintagma es un conjunto de signos arañándose con desesperación, también lo creo de la narración por fragmentos o de los versos, noticias, eslóganes, conceptos y citas textuales que pueden aparecer en medio de la prosa de ficción. No hay nada nuevo en eso, no existen propuestas originales; ¿desde cuándo las uñas desean recorrer los cuerpos ajenos? Arañamos también las teclas —que desean tocarse unas a otras—, arañamos las palabras ajenas —porque nos suenan en nuestro escrito— y las historias que nunca escribiremos —uñas que se quiebran contra nuestra pizarra—. Es un ejercicio que hace sudar. Es una forma de permitir que las ideas permanezcan lubricadas contra las frases, las oraciones y los relatos fabulados.

4. Escuchar y mirar
¿Es posible escribir fábulas sin desear la vida del otro? ¿O bien sin esperar ser espiado por esa persona que escucha, oculta, nuestros murmullos? ¿Somos autores de algo? ¿Soy autor? (Rasguño las palabras de Barthes porque no puedo contestar: “el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino”). Miramos y somos escuchados, fisgamos con nuestros ojos a través de las cerraduras de aquellos que auscultan con el oído tras la puerta. Es una relación falsa, “pura ficción” (Rasguño las palabras de Rolando Peña: “nada es más poderoso que la seducción”). Dejamos pistas que otros recogen, nos insinúan acciones para que nos antojemos, y en ese movimiento —mientras observamos cómo van armando las palabras nuestras ficciones sobre la vida de otros— aparece y desaparece la fábula, tan disoluta e irresponsable como yo (que hago esto).

5. Silencio
La única historia que nunca aprendemos a escribir.

UN CUENTO CON CUENTISTAS

Lena Yau





El hecho (o el iceberg de Hemingway)

Un grupo de personas aguarda su turno en la sala de espera de un Centro de expedición de Certificados Médicos para conducir. La tarde transcurre como cualquier otra tarde. Pasados diez minutos de la consulta del cuarto paciente sucede un imprevisto. Voces que suben de tono hasta convertirse en gritos, sillas que se arrastran, golpes, amenazas, solicitud de ayuda. El guarda jurado hace el ademán de entrar al consultorio. Se escucha un golpe seco y la puerta se abre. El paciente arrastra al médico por la bata. El guarda jurado lo desengancha, le propina un par de peinillazos, amenaza con privación de libertad al agresor. El agresor se marcha insultando.

La historia del cuento debe ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada debe parecer real. (Julio Ramón Ribeyro).

En la declaración el médico dijo no haber provocado al paciente en ningún momento.

“Sólo dije: estrella. Apenas pronuncié la palabra sentí algo parecido a un bramido. Miré los ojos del hombre y eran verdes. Su rostro era verde. Su cabello era verde. Extendió sus manos hacia mí, más específicamente hacia mi cuello. Pude observar que las cubría un limo verdoso, traté de salvar mi cuello pero se hizo con las solapas de mi bata. El hombre ahora gritaba un idioma incomprensible. Cuando abrió la boca juro que pude ver lianas que atravesaban su cavidad bucal. Moría del asco, las piernas me flaqueaban, sentía arcadas… Lo notó y me alzó en peso, me levantó sobre su cabeza mientras me hacía rotar sobre mi eje, me sentía como la hélice de un helicóptero. Grité tan fuerte como el mareo me permitió. El hombre abrió la puerta de un golpe, con mi cabeza. Me bajó al suelo y me arrastró hacia la sala de espera. Por fortuna allí estaba Juvenal. Los pacientes miraban con terror al hombre verde. Juvenal lo acorraló con la peinilla. El hombre huyó dejando un reguero de hojas podridas tras de sí. ¿Puedo irme ya? Tengo hora para la antitetánica”.

No es indispensable que el tema a contar sea una historia con principio, medio y fin. Una escena trunca, un incidente, una simple situación sentimental, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos el cuento. (Quiroga)

Deseaba resolver esto hoy. Era el último consultorio que le faltaba para completar la lista. Siete veces había hecho la prueba y siete veces había tropezado. Esta vez no ocurriría. Se había preparado a consciencia. Nada podía fallar. Necesitaba el certificado médico. Podía comprarlo como hace la mayoría, pagar con billetes, hacerlo con disimulo o con descaro, habilitar el trámite, así se decía de forma elegante, se lo habilito, caballero, era igual a decir, págueme y olvide el examen. Pero no. Para él era un punto de honor. Se enfrentaría a la prueba y vencería. ¿Y si no era capaz? ¿Y si no lo lograba? Sintió sus sienes sudando hielo. Cerró los ojos. Apretó los parpados con toda la fuerza que pudo. Miles de puntos centelleaban sobre un fondo oscuro. Puntos que se teñían de color según corrían los segundos. Contó. Tres rojos. Dos azules. Dos de plata. Se fugan los puntos. Sintió una punzada en medio de la frente. Abrió los ojos. No. No tiene miedo. Saca pecho. De eso nada.

¿Forma y contenido? Cualquier escritor sabe que ha conseguido decir lo que quería sólo cuando siente que lo ha dicho como quería. (Andrés Neuman)

Removía la tierra mientras repetía la secuencia:

Ocho – Dos – Cinco –Nada- Nada- Oruga- Manzana- Limón
Ocho – Dos – Cinco –Nada- Nada- Oruga- Manzana- Limón


Miró al cielo. Era la hora.

Un relato visible siempre esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie. (Ricardo Piglia)

Anushka lo vio salir de consulta hecho un demonio. Pasó a su lado sin mirarla siquiera, balbuceando, espumeando, humeando. Detrás de él un guarda jurado ahogaba un alto ahí, deténgase en nombre de la ley, un médico con los anteojos rotos y la bata arrugada y manchada de verde, dos pacientes riendo, una con la mano en el pecho llorando, el resto consolando, transeúntes inquiriendo explicaciones, vendedores ambulantes. Lo mismo de siempre. Le había pedido mil veces, dilo, por favor, así será más fácil. Pero Vladímir es terco, no quiere un sello en su certificado médico, no quiere que nadie sepa que es daltónico. Piensa que no le conviene… ¿quién contrataría a un jardinero daltónico? Nadie. La culpa fue de la estrella. Siempre preguntaban números y frutas. Siempre en el mismo orden.

Todo por una puta estrella.

Un lector que perciba el cuento como un vicio solitario. El y las palabras. (Juan Carlos Méndez Guédez).

-¿cree que todos deberíamos ponernos la antitetánica?
-No estaría de más… era un monstruo. ¿Me puedo ir?
-Sí. Dígame nombre y apellidos para devolverle su documentación.
-José Luis. Doctor José Luis Estrella.

En casa y más calmado, Vladimir decidió intentarlo una vez más. No soy un perdedor, se dijo, mientras saboreaba un sándwich de berros y alfalfa.



http://milorillas.blogspot.com

SUSURRARLE A LOS OJOS - EL LENGUAJE ÓPTICO DEL TAROT DE MARSELLA

Enrique Enriquez



(Imágenes del Tarot de Jean Noblet, re-editado por Jean-Claude Flornoy)



¿De dónde vienen las palabras del Tarot de Marsella?

El inconsciente responde a formas y vibraciones. El significado de un concepto es su prisión, y para que el concepto alcance al inconsciente, debe escaparse. Yo diría que esa es la clave para entender el lenguaje del Tarot de Marsella. El Tarot de Marsella habla un lenguaje de signos que se manifiestan en revelaciones directas. Entendemos esas revelaciones al dibujar analogías entre las imágenes que vemos y nuestra historia personal. El Tarot de Marsella habla un lenguaje que vemos grabado en las piedras de las catedrales de Europa, lleno de guiños y mensajes sutiles que se entienden con una sola mirada. ¡Por eso es tan fácil perderlos de vista! Mirar esas imágenes implica un reto enorme para nosotros porque hemos olvidado cómo extender nuestros sentidos. Nos llenamos los ojos de pantallas cada vez más grandes, nos inyectamos sonidos en los tímpanos a través de nuestros audífonos, experimentamos riesgos y placeres a través de los botones de un control remoto, y tecleamos susurros eléctricos, cómodamente resguardados dentro de nuestra placenta virtual.

¿Cómo hacer entonces para entender un lenguaje que viene de un tiempo en que el hombre tenía una relación totalmente diferente con sus sentidos? La sobresaturación de imágenes del mundo contemporáneo vuelve trivial cada imagen que creamos hoy tan pronto como la generamos. Tal vez por eso las imágenes primitivas, crudas y humildes del Tarot de Marsella, que contienen en sus formas el sonido de las piedras, aún pueden traernos de vuelta al mundo.

El Tarot de Marsella, que sólo se conoce a través de la experiencia directa, se expresa a través de sus formas y colores tan pronto como le miramos. Así, nos habla en un lenguaje que, para vivir, debe matar el significado de sus símbolos. Un lenguaje que no se deja enjaular. Este no es un lenguaje simbólico. Las cartas no son cajones en los que guardamos un montón de significados. Este no es el lenguaje del Tarot de los ocultistas. El Tarot de Marsella no es un libro porque los libros (del Latín "Liber") sirven para liberar a nuestra memoria de sus cargas. Esas cartas no deben memorizarse, sino que despiertan nuestras memorias cuando las miramos. El contenido no está en la carta, sino en nosotros. El Tarot de Marsella es el alfabeto de un lenguaje icónico que se entiende sin pronunciar palabra porque se escucha con los ojos. Un lenguaje que no contiene, sino que revela, invitándonos a hacer un acto de anamnesia.

El Tarot de Marsella funciona como un lenguaje autónomo porque está configurado por una serie de unidades de significado, un inventario mínimo de conceptos que son a la vez atómicos y divisibles, y que pueden organizarse en un vasto número de posibilidades. Tal como sugerí aquí, las unidades de significado del Tarot de Marsella deben su efectividad a su alto nivel icónico, a su punzante simplicidad.

Si somos capaces de resistir la tentación de meter al pájaro en una jaula, buscando correspondencias exactas, veremos que comparar al Tarot de Marsella con el alfabeto fonético resulta muy útil para entender cómo funciona su lenguaje.

Miremos a una letra cualquiera. La letra M es una de las unidades de significado básicas de nuestros alfabeto. A primera vista podríamos decir que la letra M existe a nivel atómico, no se puede dividir en unidades más pequeñas. Pero si la miramos bien, notamos que la letra M está formada por una letra V que cuelga entre dos letras I. ¡Quizás la letra M nos muestra a dos letras I tomadas de la mano! Obviamente, nuestra comunicación cotidiana se verá severamente limitada si nos descarrilamos de esta manera en cada letra que vemos. Sin embargo, de cuando en cuando es útil jugar este juego con las letras y dejar que la energía lúdica le abra paso a reflexiones más profundas. ¿Acaso no es eso lo que ocurre cuando miramos a una carta del Tarot por mucho tiempo?

En el Tarot de Marsella los sonidos se transforman en ritmos visuales. Así como la letra A es el sonido que experimentamos cuando miramos a la letra A, El Loco es la vibración con la que conectamos cuando miramos a El Loco. Cada persona que lee "Aaaaaaaa" genera un sonido similar, así como cada persona que mira a El Loco entra en contacto con las mismas propiedades de la imagen. Pero si nos preguntásemos a nosotros mismos "¿qué significa la A?" estaríamos en problemas. Lo mismo ocurre con cada carta del Tarot. Puesto que cada persona se relacionará con las propiedades de El Loco de distinta manera, no podemos explicar sus propiedades con palabras. Sólo podemos experimentarlas. Lo que sí podemos es describir la unidad básica de significado de El Loco: un hombre camina hacia la derecha, su mirada fija en el horizonte, ignorando a la vez el suelo que pisa y a la criatura que le rasguña sus partes nobles. Cuando miramos a la carta aprehendemos toda la imagen de una sola vez, tal como percibimos la totalidad de la letra M de un sola mirada. Pero este sentido "atómico", indispensable para que la imagen se haga operativa, puede descomponerse. De vez en cuando nos sentiremos atraídos por la bolsa de El Loco, o por sus zapatos, o por el ya mencionado animalejo y su garra gozona.

Sin embargo, rara vez es útil una letra sola para comunicar significado. Lo mismo ocurre con cada carta individual del Tarot de Marsella. Explorar cada letra aislada, o explorar cada carta aislada, puede ser engañoso. Los conceptos reconfiguran su significado dependiendo de su contexto. De hecho, me atrevería a decir que es el contexto lo que define la pertinencia de un concepto.

Para que cada unidad de significado pueda incorporarse en unidades de significado más complejas necesita ser lo suficientemente simple como para que sus formas no llamen la atención sobre si mismas una vez integrada a la nueva totalidad. Esa es parte del secreto tras el alto nivel icónico de las imágenes del Tarot de Marsella. De vuelta al alfabeto, notaremos cuan difícil se nos hace leer un texto escrito en una tipografía fantástica, llena de arabescos que oscurecen los rasgos básicos de las letras. No tiene caso dedicar mucha atención a cada letra, porque el significado de la palabra BEBÉ no es "B más E más B más É". La gestalt de la palabra final absorbe la identidad individual de cada letra. De la misma manera, cuando miramos a un grupo de cartas puestas sobre la mesa, vemos el evento de una vez. No importa qué carta se colocó primero, cuál después. Absorbemos la gestalt del cuadro entero, que de inmediato deviene en una unidad de significado coherente. La Torre, El Loco y La Estrella, juntos, se transforman en "El Loco dejando La Torre para irse a tomar un trago con La Estrella", o más precisamente, en una indicación para "salirnos de allí" y así encontrar alivio más adelante, dándonos una visión total que integra y extiende las propiedades individuales de las tres cartas. Tal como las letras desaparecen dentro de las palabras, esas tres cartas dejan de ser tres cartas para conformar un solo evento, cuyo significado para nosotros se hace evidente a través de una analogía entre su vibración y nuestra experiencia individual.

La sintaxis nos permite construir conceptos complejos al agrupar conceptos más simples. De esta manera los átomos de nuestro lenguaje: Arcanos Mayores y Arcanos Menores, se agrupan para generar unidades de significado más complejas. En lugar de ir carta por carta, como un niño que deletrea el alfabeto, mantener una visión holística es lo que nos permite activar este lenguaje visual.

De esa manera, el El Tarot de Marsella nos habla.



Enrique Enriquez
Nueva York, Enero 2008.



NUEVA DIRECCIÓN DE POESÍA DE LA MENTE:

www.mindpoetry.com



EL AUSTRALOPITECO DE LA NOVELA

Juan Carlos Chirinos



«No era un ser humano; era un homínido, pero no sapiens; de otra especie, una que no puede percibir el mundo con los cinco sentidos, aunque los tiene; sabía que los tenía, podía sentirlos, pero los estímulos no llegaban al cerebro y por eso no podía conocer más allá; era sorda, tartamuda y tenía las papilas gustativas deformadas, sentía la piel más gruesa de lo normal, pero la visión era extraordinaria; todo eso era muy raro. Incluso intenté cantar, y no pude; aunque estaba convencida de que lo podía hacer, las cuerdas vocales no me contestaron. Y cuando pude decir una simple frase, los que me acompañaban me abandonaron, espantados. ¿Por eso desaparecieron los neandertales, porque no sabían cantar?»

El primer cuento nació después de una cacería, después de que alguien se alejara del grupo para agarrar una fruta, o hacerse con un palo más fuerte que los demás; después de que el más valiente —una mujer, sin duda— se acercara con resolución al árbol que acababa de ser destruido por el rayo poderoso, dejando la estela de fuego y destrucción de la que habría que cuidarse —también estaban naciendo los dioses por ese entonces.

El primer cuento nació de la boca del adulto desesperado por los llantos incontrolables del bebé que no quiere dormir; de los labios balbucientes del niño que solitario que se inventa historias para no aburrirse, mientras sus padres cocinan, cazan o simplemente merodean en busca de amenazas. En cualquier momento de esos nació el cuento, la historia digna de ser imaginada más allá de sus límites reales.

Pero la novela no. La novela fue la consecuencia natural del primer asesinato, nació cuando el ser humano supo que la amenaza más grande no está afuera, en la oscura frontera que lo acecha, sino en el umbral asombroso que le oculta sus anhelos interiores.

Quizá por eso desaparecieron los neandertales, porque nunca tuvieron miedo a mirarse por dentro. Supieron del susto que dan los cuentos, pero no de los terrores de la novela. Los terrores espantosos de las historias con bifurcaciones.


CÓMO NO ESCRIBIR UN CUENTO

Adriana Bertorelli



Digamos que usted tiene que escribir un cuento. Tiene que escribirlo a juro y porque sí y no le queda más remedio porque usted lo prometió, dio su palabra y ahora lo tienen entre la espada y la pared y no le van a dejar no entregarlo y usted, por puro orgullo, tampoco se va a dejar no entregarlo. Señalemos incluso, que usted se auto postuló para lo del cuento y ahora no tiene la más peregrina idea de qué hacer al respecto y el asunto lo tiene entre angustiado, nervioso y molesto.

Para ayudarle a resolver sus tribulaciones o para terminarlo de desgraciar, le señalamos a continuación algunas razones para no escribir un cuento. Y si, finalmente, y muerto de la culpa, decide escribirlo, estos temas le podrán servir también como guía. No escriba un cuento si usted:

- No sabe por donde comenzar, pero sobre todo, por donde terminar. En un cuento, mucho peor que un mal principio es un pésimo final
- Si no conoce absolutamente nada del tema del cual pretende escribir
- Si de antemano, el tema del cual va a escribir le resulta aburrido
- No le gusta escribir o no sabe cómo hacerlo
- Jamás aprendió a leer, en cuyo caso, tampoco podrá leer la siguiente guía, a menos de que solicite ayuda al prójimo y pide que se la lean
- Tiene ambas manos fracturadas y le cuesta mucho escribir con los pies
- Escribió un primer gran libro, ganó muchos premios, todo el mundo lo felicitó y ahora sufre del célebre bloqueo del escritor
- Es de los que se pasan la vida hablando de lo que va a hacer pero jamás logra concretar nada
- Se amedrenta con facilidad ante las frustraciones o tira la toalla de inmediato cuando algo no le sale exactamente como usted se imaginó
- Es de los que se la pasan investigando sin cesar de un mismo tema, mientras hay muchos autores en el mundo que en la cuarta parte del tiempo que usted, ya han escrito varios libros sobre ese tema
- Con frecuencia le echa la culpa a los demás de lo que usted jamás consiguió
- No tiene nada qué decir
- Si la necesidad de escribir, escribir y escribir no es más grande que todo lo demás


ATLAS CHANG

José Urriola



Hoy te voy a pedir algo raro. Algo especial. No, no es lo del disfraz de vaca. Eso para otro momento (qué bueno es lo del disfraz de vaca, lo tenemos que repetir algún día). No, tampoco va de ligueros, bolas chinas y tacones de aguja, eso es especial pero no raro. Coño, mujer, déjame hablar o no te cuento nada. Hoy quiero que te portes bien y te busques un atlas. Sí, un atlas, de esos donde salgan continentes y países y se vean los mapas. No, no te tienes que poner ningún traje típico de nadie, ni lamerte Costa de Marfil, no tengo un fetiche geográfico. Búscame el atlas y vístete. Y no me beses así, deja de pasarme la lengua por allí que entonces me distraigo, me pongo bruto, se me borra el mundo. Quita esa mano, quietita acá, eso. Esto es realmente importante. De vida o muerte. Es lo más importante que te he contado jamás.

Bien, lo primero que tienes que hacer es jurarme que no le cuentas esto nunca a nadie, ni que te paguen, te torturen o te secuestren a un hijo. Tú no sabes nada. No has escuchado nada. Te lo cuento porque si no lo cuento estallo, se me revienta la tapa de los sesos como una olla de presión y salpico al mundo entero. Bueno ahí te va: los chinos para los que trabajo, los hermanos Chang, no son chinos. Son extraterrestres.

No te rías, no te rías o no sigo. Y tápate un poco. Te estoy viendo un pezón rozando contra la tela del suéter y entonces me confundo, me pierdo. A ver, por dónde iba… ah, ya, lo del cuento de los chinos; esto que te digo lo sé porque me cayó un documento confidencial en las manos. Un documento secreto que los Chang ni imaginan que yo leí. Una carta escrita por Zhang Yimou a los hermanos Chang. Él es un cineasta chino, el que hizo Hero, ¿Te acuerdas? Esa la vimos juntos y a ti te gustó Jet Li ¿Y de La casa de las dagas voladoras, te acuerdas? Ahí a la que le gustó la china fue a mí. Sí, bueno, es el director de esas películas chinas hermosísimas que son épicas y de artes marciales pero donde la gente vuela y pelea sobre el agua, y son una coreografía gigantesca de colores brillantes, como una sinfonía de telas al viento, flechas, hojas, espadas y uno se pregunta por qué carajo los chinos no son dueños del mundo si son capaces de hacer cosas así. Pues Zhang Yimou es también uno de ellos. Igual que Gong Li, igual que Wong Kar Wai, que Tony Leung y que Maggie Cheung, lo mismo que Jet-Li y que esa actriz jovencita que a mí me mata que se llama Ziyi Zhang. Todos ellos pertenecen a la misma protoraza y vienen del mismo planeta.

El asunto es más o menos así: Los humanos no somos otra cosa que un experimento. Un experimento fallido. Las cosas se les salieron de control en este enorme laboratorio llamado Tierra. Y la raza de los Chang son, además de nuestros creadores, nuestros redentores. Están aquí para enderezar lo poco enderezable que queda, para salvar lo poco salvable.

Yo sí había notado que cada vez que los Chang eliminaban a alguien se guardaban un trocito. Un ojo, un mechón de pelos, unas uñas arrancadas de raíz, la punta de una lengua, algunas muelas. Y ese pedazo caliente era guardado en bolsas plásticas, con cuidado, con esmero, y era retirado de la escena con un sigilo no exento de un sentimiento que se me parece un montón a la emoción. Uno va atando cabos, aunque no quieras, aunque prefieras hacerte pasar por pendejo; porque a todo eso le sumas que los hermanos Chang tienen un dicho extraño: “No sabemos si existen cielo o infierno, pero el purgatorio es la Tierra”. Y esa frase está colgada siempre, en un cartel, sobre la puerta de la oficina privada de los Chang. Esa puerta que nunca se abre y a la que nunca nadie tiene acceso. La que queda al fondo, en el rincón más apartado de todos los negocios Chang. Un día quedó la puerta entreabierta y yo me asomé. Vi varios estantes llenos de frascos de muchos tamaños. Todos tenían fetos dentro. Pensé que los Chang traficaban con órganos, que utilizaban tejidos de los fetos para venderlos en el mercado negro a ricachones con cáncer, a ancianas estériles, o como materia prima para hacer medicinas y cirugías que casi nadie puede pagar. Pero los Chang no son tan miserables, no harían algo así por dinero. Los mueve algo mucho más trascendental.

La clave está en la frase: El purgatorio es la Tierra. Lo acabo de entender. Los Chang están en guerra, una guerra sin cuartel contra los malos. Por eso los buscan y los eliminan. Les dan durísimo. Pero no se trata simplemente de aniquilarlos, sino también de darles una segunda oportunidad. Por eso guardan de cada uno de ellos un pedacito. Para extraerles el ADN y clonarlos. No una clonación cualquiera, sino una que está manipulada, es un asunto romántico, altruista. Las cadenas de ADN de cada villano son intervenidas, combinadas con el ADN que los Chang sintetizan de su propia sangre. Esos frascos contienen a la maldad en su estado fetal. Serán devueltos a la vida, para tener otra oportunidad. Y quizás serán tan malos como antes, es cierto, pero tendrán una opción en su propio código genético. El bien será como un germen que los contamina por dentro, que les fluye por las venas, y esta vez podrán entonces escoger. Están condenados a expiar sus culpas aquí en la Tierra.

Eso es sólo la mitad. Ahora vamos con lo del mapa. Búscate a China. Mira la forma que tiene. Parece un arma, ¿no? Es como una extraña pistola marciana, con su cacha, su percutor, su cañón. Es como si un gigante espacial la hubiera dejado acuñada allí, disimulada en el estómago de Asia. Busca ahora el mapa de Venezuela. Aquí, en la 237, míralo bien. Parece una pistola también. Más o menos como China pero a escala ¿No te das cuenta? Amazonas es el mango, Sucre el percutor, Falcón es la mira, Zulia es el cañón que apunta hacia arriba.

China y Venezuela, los pueblos elegidos. Están saneando la casa antes de lanzarnos al espacio. Están haciendo labores de profilaxis. Lo que no sirva será clonado y abandonado en la Tierra junto con el resto del mundo, los pueblos desechables. Aquí se quedarán, en su purgatorio celeste. Nosotros no, nosotros nos salvamos. Salvarán a los chinos, a mil millones de seres hechos a su imagen y semejanza. Salvarán también a los venezolanos (y esa es la razón por la que los Chang vinieron a parar aquí), quizás simplemente porque tenemos país con forma de pistola o porque así fue decidido y punto. En algún momento se dará la orden de fuego desde el planeta de los Chang y estas enormes pistolas-naciones que ves en el atlas dispararán su carga. Saldremos lanzados por el espacio en un rayo que nos proyectará hasta un mundo nuevo escogido para nosotros, sus escogidos.

Pero hay algo más, una última frase que decía la carta de Zhang Yimou a los hermanos Chang. “Recuerden Italia, nos faltaría sólo Italia”. Eso me hace pensar que ellos también se salvarán.

Bueno, ya está. Me quedo ahora mucho más tranquilo después de haberlo confesado. Es como si me hubieran quitado la tapita metálica para que salga el aire caliente a presión. Vamos ahora a lo que vinimos. Ven para desvestirte un poco, vamos a hacerte maldades. A celebrar que nos salvaremos, cosa curiosa, a tiro limpio. Ven, ayúdame a zafarte este nudito del pantalón (por qué coño te pondrás esto así de apretado si sabes que te quiero desnudar). Cómo que no. Cómo es eso de que mire en el atlas el mapa de Italia. Suelta ese atlas, chica. Qué vaina es esa de que ahora se te fueron las ganas porque pobrecitos los italianos y tener que salvarse así.


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ANTOLOGÍAS: ESE VARIOPINTO CONDOMINIO NARRATIVO

Javier Miranda-Luque




Al momento de redactar este post, yo apenas he “convivido” en un par de antologías narrativas bastante recientes: De la urbe para el orbe (Alfadil, Caracas 2006) —que recoge la primera edición del ciclo de la Nueva narrativa urbana que en este 2008 de la rata celebra su tercer año consecutivo— y Tatuajes de ciudad (Sacven, Caracas 2007), edición conmemorativa que plasma una década del Concurso de Cuentos organizado por la Sociedad de autores y compositores.

Ambas antologías, ferozmente inexistentes dentro de la prensa creole, corrieron con algo más de difusión en la blogosfera. Ignoro absolutamente las cifras fidedignas de distribución y ventas de las respectivas ediciones, además de que (para que quede claro fiscalmente) los “vecinos” de ambos condominios no percibimos derechos de autor por nuestras narraciones allí publicadas

De lo que se trata entonces, en estas dos antologías, es de compartir una “vecindad” con otros autores con los que, de alguna otra forma, resulta muy posible que no hubiésemos coincidido. Yo concibo a las antologías como una suerte de espacio común para el encuentro de textos que escapan a los compartimientos cerrados de las gavetas y/o los discos duros.

Y me repito al decir (mea culpa incontinente) que las antologías funcionan como una forma generosa y eficaz de publicar narrativa. ¿Los lectores coinciden con este punto de vista mío; otros escritores sienten el mismo nivel de comodidad que yo coexistiendo en tales apartamentos (con)textuales? Pues ¡vaya usted a saber!

Además de que, a nivel eufónico o lexical, resulta un auténtico coñazo aquello de ser un autor “antologizado”. Me consta que la puñetera palabreja de marras suena a intromisión corporal indeseada, sin cobertura por las pólizas médicas.

En De la urbe para el orbe me han tocado de vecinos autores que yo leía ya, pero a quienes jamás les había visto el rostro: Jorge Gómez Jiménez, Fedosy Santaella o Enza García. En Tatuajes de ciudad, por ejemplo, me reencuentro con Krina Ber (el puto corrector de Word insiste en convertir el apellido de Krina en el verbo “Ver”) o el ficcionario Héctor Torres y cohabito, además, con mi esposa Edith Márquez Mora.




Durante los cócteles de presentación de cada antología, una de las anécdotas más frívolas —y por lo tanto sabrosas— era escuchar el listado de los autores y relatos favoritos de cada “bebedor” (¿catador de ficciones?) y las quinielas que se iban entretejiendo, al estilo de un top ten o hit parade que animaba el cotarro literario nacional. No en balde, ya algún bloguero con pseudónimo telúrico ha bromeado con propiciar una especie de tele-reality show titulado “Latin american writer”. Todo sea por proporcionarle un sacudón a un panorama que oscila —en slow motion— entre el bostezo boquiabierto y las palmaditas de complacencia resonando en diversas espaldas sucesivas.

Ahora y aquí puedo asegurar no he tenido ningún encontronazo con nadie durante mi “residencia” en este par de condominios narrativos. Ni problemas con la conserje ni con la junta de condominio. Que no es poca cosa, ¿eh?



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EL PEZ INASIBLE

Fedosy Santaella




Se supone que hoy debo hablar del cuento; y tiemblo, amigos, tiemblo y se me se petrifican los dedos frente a las aguas de un río de peces inasibles.

¿Qué carajos es el cuento? Hay un libro fenomenal, una compilación realizada por Luis Barrera Linares y Carlos Pacheco que ayuda entender -o eso por lo menos cree uno- su escurridiza naturaleza; se llama En torno al cuento y sus alrededores y es una compilación de trabajos, artículos y ensayos de teóricos y autores consagrados. Lo tengo desde 1998, o quizás un poco antes; sí puedo asegurar que me acompañó en 1999, pues para la tesis universitaria, que fue un libro de cuentos propios, debí establecer como introducción un marco teórico sobre el tema, es decir, sobre la teoría del cuento.

Creo haber aprendido algo de esas lecturas. Aprendí, por ejemplo, que el cuento debe tener intensidad, condensación, brevedad y rigor. Digamos que conocí la ortodoxia del cuento, aunque, si te fijas bien, en muchas de esas páginas la ortodoxia estalla entre línea y línea, socavada por los cartuchos de las dudas y las variaciones sobre tan álgido asuntillo. Resulta que no es fácil, pero no crean que quiero darme aires de intenso que dice saber que no sabe lo que sabe porque sólo sabe que no sabe nada de tanto que sabe. Mis dudas sobre el cuento vienen más bien de la escritura y de la lectura de otros cuentos. Tomemos como ejemplo el asunto de la brevedad. Yo creo en la brevedad y he tratado de practicarla literariamente. Pero cuando ves los ganadores del prestigioso concurso de cuentos de El Nacional, entonces te preguntas dónde está la mentada brevedad. Pienso que en nuestro país (no sé si en otros) hay una especie de prejuicio muy dañino: algunos -o muchos- piensan que si el texto es breve es porque el autor no da para más, que no es ambicioso, que es flojo, o que no se “faja”. ¿Y entonces? ¿Será que las personas que piensan eso no han leído este libro? ¿Será que los tiempos han cambiado y ya el cuento no es breve? ¿Acaso me radicalicé con aquello de la brevedad? ¿O será que en realidad el concurso de El Nacional debería llamarse “concurso de relatos”? En fin, la cantidad de los caracteres con espacios no debe delimitar a la literatura, ni mucho menos al cuento. Así que en los últimos años me he dado a la tarea de retarme escribiendo cuentos más “ambiciosos”, y bueno, ahí están, un poquito más largos. Ya saben, como decía Groucho Marx: “estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.

En el libro de Barrera y Pacheco también encuentras muchos autores que aconsejan que no seamos rebuscados a la hora de escribir, que el cuento es una historia bien contada y sin mayores remilgos del lenguaje. Quiroga dice que no andemos mucho dándole vueltas a los adjetivos, que lo que tengamos que decir lo digamos de una vez y ya, sin barroquismos, manierismos, ni ninguna otra etiqueta que le agregue un cuerpo de serifas a tu texto. Pero entonces ocurre algo parecido a lo de la brevedad: empiezas a escribir con un lenguaje llano, certero, directo o como lo quieran llamar y resulta que un día te das cuenta que muchos textos que rodean tu universo literario contemporáneo tienen algo de “ismo”, mucho o poco, pero lo tienen. Claro, también te encuentras autores hermanos, y menos mal; autores que, como tú, escriben sus relatos desde una aparente oralidad y sencillez de estilo. Pero quizás, cuando por fin no te sientes tan solo en el mundo, resulta que ya es tarde y entre tus textos hay una que otra cosa medio enrevesada; y es que lo hiciste por aquello de no quedarte atrás, porque eres un fiel seguidor de la máxima de Groucho, y porque uno quiere tener lectores, y por causa de ellos haces estas cosas y andas de veleta. No sé, eso de anhelar que la gente te lea resulta a veces un pecado grave, y lo digo en serio.

También está el asunto del narrador y del punto de vista. A mí me gusta jugar con los narradores. Lo hago para no aburrirme, y porque tengo la firme convicción de que -por encima del lector- uno escribe cuentos para sus historias. Es decir, cada historia pide su narrador, su manera de ser contada, sus estrategias, y hay que pensar en eso antes de asumir la escritura de un cuento y no empezar a escribir porque sí, porque somos chéveres y ya. Equivocar el narrador y las estructuras de un cuento es como ponerle a un corredor olímpico una escafandra, o como que un bombero salga a apagar un incendio en traje de baño.

Total que leyendo uno se va enterando de cada cosa sobre el cuento, que este asunto se convierte en algo parecido al matrimonio. Porque uno conversa, duerme, refocila, se baña con una persona (y hasta flatulencias en la cama se tira), pero en verdad nunca la terminas de conocer. Es un cliché, lo sé. Pero mi relación con el cuento es como un matrimonio. El cuento se me escapa y aparta de mí sus secretos, su otra vida, o su vida secreta y más íntima. Una vez leí una entrevista con un autor venezolano al que respeto muchísimo, donde decía que ya no escribía cuentos porque les había descubierto el truco. Bien por él, pero si yo dejo de escribir cuentos será más por frustración que por suficiencia (OJO: yo soy de los que se divierten escribiendo).

Fíjense en este otro ejemplo: hace poco leí un ensayo de Piglia (que no está en el libro), donde dice que en todo buen cuento debe haber dos historias. ¡Ah caramba, me dije, he perdido todos estos años! ¿Dónde carajos están mis segundas historias? Y así fue cómo me puse a pensar en cada uno de los cuentos que he escrito, buscándole aquella segunda historia escondida de la que habla Piglia y que es como aquel “no sé qué que queda balbuciendo” de San Juan de la Cruz. Debo confesar que me tranquilicé luego de esa larga meditación, tras a la cual creí encontrar en mis cuentos esas segundas historias. Digo yo, no sé. Aunque pienso que quizás todo cuento de verdad tiene una segunda historia que en muchos, muchísimos casos, el autor no planificó. Es decir, las segundas, terceras y cuartas historias de los cuentos quizás surjan como parte de ese equipaje que se ha acumulado por siglos en el depósito de maletas perdidas del aeropuerto cultural que es el inconsciente colectivo.

Sí tengo la firme convicción de que no puedes saber qué es el cuento si no lees cuentos o si no escribes cuentos, o ambas cosas. El cuento se vive y, como la vida, es múltiple, fugaz, alguna veces abierto, otras inaccesible, misterioso. Tengo la sensación de que no existe un tipo de cuento, de que lo único que no tiene su original en el cielo de Platón es, precisamente, el cuento. Es decir, no creo que exista un cuento platónico. Y si alguna vez lo hubo, los escritores de cuentos agarraron sus escopetas, apuntaron al cielo, le dispararon y lo hicieron caer. En estos tiempos, hablar de los límites de los géneros es absurdo. Pero también hablar de cuentos que no cuentan nada, me parece ridículo. Un cuento cuenta; por eso se llama cuento. Recordemos que la palabra novela viene del italiano, de novella: noticia, relato novedoso. Es decir, según su origen, la novela en su esencia es experimental. El cuento, por su parte, está más cercano a la precisión matemática. Cuento procede de computare, contar, computar. Eso nos lleva a una manera de contar precisa, exacta, matemática, donde nada debe sobrar ni faltar. Pero bueno, estos son las palabras que originan a otra palabra, no a un género tan complejo como el cuento.

Y para terminar, una pequeña historia:


Una persona está parada frente a un río cristalino lleno de peces. La persona mete las manos e intenta atrapar alguno de esos peces. Se le hace muy difícil capturarlo, hasta que por fin, luego de algunos minutos, lo logra; pero sólo por unos instantes, porque cuando lo tiene fuera del agua, los movimientos del pez y su piel mojada conspiran contra la persona, y pronto el pez se le resbala y vuelve a caer al río. La persona, frustrada pero al mismo tiempo fascinada, se aleja sin poder dejar de pensar en la mágica sensación del pez entre sus manos.


Esto podría ser un cuento zen. Esto, podría ser el cuento.



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LOS LIBROS DE PAPÁ

Roberto Echeto ®




Mi papá es el azote de las tijeras. Si llegas un domingo por la tarde a su casa y se te ocurre abrir su revista dominical favorita, te encontrarás con un hueco rectangular en la página del horóscopo porque mi viejo recorta sin clemencia su signo del zodiaco. Nunca encontrarás a Leo en una revista que haya pasado por sus manos.

Yo creía que papá guardaba un álbum con todos los recortes de su signo, pero no. El viejo mantiene durante una semana el trocito de papel en su cartera y lo sustituye sólo cuando recorta el horóscopo de la semana siguiente. Si hubiera guardado los recortes de Leo en cientos de cuadernos o de carpetas, habría descubierto que mi padre era un artista conceptual. Pero no.

Durante años hubo en mi casa un Quijote que, cada vez que salía a la luz, le causaba una rabia desbordada a mi mamá. Aquel desacomodo de ánimo se producía porque al libro le faltaban páginas y, en general, lucía mal encuadernado, lleno de anotaciones y todo roto. Como era de esperarse, el destinatario de aquella ira fue el causante del atentado perpetrado contra aquel pobre libro: mi papá, el lector más extraño y más acucioso que he conocido, y a quien sólo entiendo ahora, que me estoy poniendo viejo.

Para que Uds. se den una idea de cómo estaba ese Quijote, piensen en que mi padre es de los lectores que se ríen de la supuesta santidad de la literatura y del libro. Por eso se tomaba (y se toma) la libertad de enmendarle la plana a los autores, a los editores y a los diseñadores de los libros que lee. De manera que si a él le parece que el capítulo siete de tal o cual novela no es en realidad el siete, sino el cuatro, mi papá no duda en arrancar de cuajo las páginas del séptimo capítulo y pegarlas con Pega Ega donde él cree que en verdad van. Si mi viejo cree que tal episodio constituye una digresión demasiado larga, él lo arranca y lo bota a la basura. Si papá encuentra una imagen en una revista que ilustre bien el episodio de alguna novela, él no titubea a la hora de recortarla y adherírsela a su libro. Así, él reinventa lo que lee y lo que en verdad quiere leer.

Quizás los métodos de papá sean un poco bruscos, pero nadie podrá decir que mi viejo no hace uso de su libertad como lector. Yo antes no entendía eso y, al igual que mi madre, me sulfuraba. Hoy no. Hoy entiendo que él es un lector de avanzada, un lector que le exige precisión al material literario que cae en sus manos, un lector que, sin saberlo, ejerce eso que Daniel Pennac llama «los derechos imprescriptibles del lector» y que son: 1) el derecho a no leer. 2) El derecho a saltarse páginas. 3) El derecho a no terminar un libro. 4) El derecho a releer. 5) El derecho a leer cualquier cosa. 6) El derecho al bovarismo. 7) El derecho a leer en cualquier parte. 8) El derecho a leer un poquito de aquí y otro poquito de allá. 9) El derecho a leer en voz alta y 10) el derecho a callarnos.

A pesar de que papá siempre leyó novelas, hoy te dice así, tan campante que él no quiere leerlas más; que desde que él descubrió que en una novela es muy difícil definir qué diablos quiere el autor, ya no las lee, que ahora le gusta más leer ensayos porque ahí se supone que deben aparecer con claridad las intenciones del autor.

—Y si no aparecen, los mando al carajo.

Mi viejo también es tajante en el uso de la imaginación. Si fuera por él, prohibiría los libros «demasiado fantasiosos» y los sustituiría por libros meramente realistas. Sin el menor remordimiento, condena a la hoguera algunas obras maestras de la literatura universal como La Divina Comedia, Moby Dick, el Beowulf y cualquier historia en la que aparezca un monstruo.

Mi papá es un lector extraño, pero nadie dirá que no es consecuente con sus propios gustos y sus propias manías.

Aprendamos de él que, frente a los libros, el lector también importa.



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10 RAZONES PARA EL MANGUAREO

Mario Morenza




"Escribir es una forma de saber que se sabe lo que no se sabía que se sabía."

Javier Marías, Literatura y fantasma.

“Yo dudo en que creo, y creo en que dudo.”

Augusto Monterroso, Lo demás es silencio.


1. El agua. Escribo cuentos. Llevo como 8 y una novela corta llamada Pasillos de mi memoria ajena y que, de alguna forma, está conectada con estos relatos que he estado escribiendo, escribiendo y más que nada corrigiendo, escribiendo con “las dos puntas del lápiz” desde hace tres años. Una lectura de ellos se puede llevar de dos a tres adjetivos y dejar de una a dos comas. Cuando escribo tomo mucha agua. Bien pudiera tener un vaso de agua fría reposando en el escritorio. Pero no. Tal vez sea el miedo a que caiga y empape los circuitos del teclado, las hojas de anotaciones, los circuitos del CPU, todo lo frágilmente expuesto al H20; el piso (lo que está al alcance de todos), de empaparme yo, de resfriarme, de enfadarme. Cada vez que viene una frase o metáfora que la imagino nunca antes escrita, a modo de simple y llana celebración, lleno de mí mismo, dirijo mis pasos hacia la nevera, a buscar el vaso también lleno, pero de agua, y beberla. Sorberla del mismo modo en que la pantalla de a poco, al ritmo de mis dedos, ha sorbido lo que planeé escribir. Termino esta entrada con una frase de mi cuentista favorito: Felisberto Hernández. “El agua es igual en todas partes y yo debo cultivar mis recuerdos en cualquier agua del mundo.”

2. Refrigerios de media noche. Mi hora, o mis horas preferidas para la lectura y escritura son las nocturnas. También para ver películas, o escuchar música. No hay peligro de ser interrumpido a mitad de palabra, imagen o escena. El proceso de escritura es una constante que llega a su cenit al momento de uno sentarse y transmutar lo que por los pensamientos pasa, o sigue pasando, en simples letras. Momento sagrado en que codificamos la historia a narrar. Lo mejor que se me ha ocurrido ha sido en colas, esperando el autobús, después de un largo día de trabajo y Pasillo de Letras. Uno escribe cuando no escribe. En ese momento sagrado de sentarse a escribir (o transcribir lo que en el día uno anduvo pensando) existen los rituales, o tantos rituales como personas en el mundo se dedican a escribir, a codificar su mundo en el mundo. Uno de mis rituales es la comida a deshoras, en la madrugada, cuando nada externo, o casi nada, puede perjudicar el fluir de tu trabajo. En la entrada anterior hablé del agua. En ésta, a parte de hablar de puro y duro manguareo, hablaré del pan. Lo preparo. El plato. La servilleta. Dirijo mis pasos hacia el balcón, que lo he ido transmutando y codificando de a poco, en un comedor al aire libre, una gran boca abierta al sereno invisible de la noche capitalina. Se puede ver el tope de los árboles, la cornisa de Bloque 3, pequeños sub-horizontes. A esas horas la silueta de El Ávila se confunde en la negrura, y nos da a entender, visualmente, psico-visualmente diría mejor, que ese territorio del cielo está húmedo, y sucede un fenómeno similar al de las manchas de agua en las servilletas, pañuelos blancos o manteles, donde a simple ojeada no se distingue qué es lo que permanece seco y qué mojado. A esas horas de la noche sé que una parte de mis parietales internos del cerebro se encuentran húmedos y otros secos, completamente exprimidos durante el día y de lo que va de noche, yendo hacia la hora más oscura, yendo hacia el fin del mundo.

3. Elegir la letra. Por un tiempo fue la Times new Roman. Terminé sintiendo un odio inmenso a esa letra de prensa, de periódico barato y amarillista, un odio comparable al de Enrique Vila-Matas por los números redondos. Luego vino la Comic Sans, pero este reinado fue efímero. Todos mis profesores me recomendaron que la Comic Sans no era precisamente la más apropiada para un trabajo académico. La letra que usé por mayor tiempo fue Verdana, y no fue sino hasta hace dos o tres meses que la sustituí. La Verdana es imponente, con presencia y personalidad, salta a la vista ese aire de señora y perfume costoso, que seduce, que atrapa, que enamora. La sustituí, hace dos o tres meses, porque gastaba mucha tinta. Ahora uso Courier. Escoger la letra no fue cosa sencilla. Un casting Gutenberg. Así será con la sucesora de la Courier. Para eso faltan muchas horas de escritura y manguareo.

4. Jueguito de básquet. Por un tiempo tuve un jueguito de básquet de computadora. Era del ’89. Una cosa simple, por no decir primitiva, comparado al derroche de cibernética de un juego de la misma índole producido en estos días. Salía John Stockton y Karl Malone como de 28 años, aunque la imagen no era tan nítida. Se podía pensar que todos los jugadores tenían 28 años, a no ser por las estadísticas a las que uno podía acceder presionando ciertos botones. Lo del jueguito de básquet, lo usaba como ejercicio de relajación. Para aflojar los dedos, la mente, la espalda y una que otra extremidad. Digo yo que para eso.

5. La música. A lo que más cuidado le empeño, es a la selección musical. Esta manía data desde la época de colegio, cuando me mandaban a repetir y a caletrearme todos los conocimientos desgranados en el aula. La música desde hace diez, doce años, no ha variado mucho. Peter Gabriel. Genesis. Dave Mathews Band. Fito Páez. Charly García. U2. Patrick Bruel. Axelle Red. Seu Jorge. Es la música de fondo. Los temas que han ido animando la banda sonora de mi vida, los sonidos, la otra mitad del mundo. A veces las palabras –como se deja leer (en los sub-títulos para el que no sepa ruso) en El Espejo, de Andrei Tarkovsky–, no expresan todo lo que un hombre puede sentir, son flojas. Escribiendo, concluyo, hacemos de una especie de Dios primitivo, expulsando apenas un ápice de lo que se encuentra dentro de nosotros, un acto sólo comparable al de extirparse un barro frente al espejo del ascensor cuando nadie nos ve. Una palabra, como dice Borges, es una metáfora del Universo. Derramar sobre la hoja en blanco una imagen a la semana, un párrafo, un diálogo, es motivo de felicidad. Las posibilidades de contención del papel son infinitas. Lo dice el viejo dicho: “El papel lo aguanta todo”. La de la lectura no. Después vendrá la corrección. El papel aguanta todo menos el agua que se le derrama.

6. El balcón. La panorámica, a las tres de la mañana, desde el balcón, se pudiera decir que es más bien tenue. Allí, para no dejar el cuarto invadido de migajas, voy a deglutir mis comidas a deshoras. Desde allí, un aliento invernal, sin ser invierno, campa a sus anchas. Una soledad extrema, sin estar uno aislado, se vuelve corrosiva, impura. Sobre la grama cae, entonces, una nieve de migajas de pan. La aparición de algún vecino entrando a Bloque 4 lo convierte a uno en violador de la privacidad, sin uno ser espía. Un módulo policial está al otro lado de la calle. A veces la serie de gritos desesperados, pidiendo clemencia o pidiendo quién sabe qué, me sacan de la mitad de una frase o palabra. De la mitad de una escena o discernimiento. El frío es lo de menos, sin ser uno un espía que surge de él.

7. Los intestinos. De tanta agua y chucherías me han entrado ganas de ir al baño. Si cargo con el reloj, me pongo a darle al cronómetro a ver si dejo en 99 la fracción de la pantalla correspondiente a los microsegundos. Con Alexis Pablo, Miguel, Daniel, Yoel, Hensli, Petitcelesta y Ana Lucía jugué este entretenido juego de mesa en La Estrella de China. Cada cabeza ponía 50 bolívares al pote. Cada cuatro rondas se duplicaba ese monto. El que dejara el conteo de los microsegundos en 99, o lo más cercano a esa cifra, se llevaba el pote.

8. La TV. A veces prendo la televisión. Uno nunca sabe cuándo se armará la de san quintín, y ya, a las vísperas la predicha III Guerra Mundial, adiós humanidad, adiós recuerdos y que te vaya bien. Dejen, por favor, indicios de nuestra existencia para colonizaciones alienígenas. Hay mucho loco suelto por ahí y hasta son presidentes de países poderosos.

9. La Biblioteca. Me pongo a acomodar libros. Por orden. Por autor. Opto por los más idóneos para el cuento que quiero escribir. Los apilo en la cama convertida en un anexo de mi escritorio. En una mesa acolchada donde a veces me lanzo a naufragar en medio de la noche, cuando se me escapa una idea. Cuando me atormenta la frase Palabra-no-escrita-es-palabra-perdida. La ca(l)ma, la bendita ca(l)ma. Si sumáramos cuánto tiempo estamos en ella. No recuerdo dónde fue que leí que la condición primordial –ojo, escribo primordial y no la más nutritiva– del ser humano era la flojera, la no acción, el no-hacer-nada.

10. El epígrafe. Es una tarea ardua. Una tarea que requiere reflexión y memoria precisa. Buscar la frase, de uno no tener su propio catálogo de epígrafes bien organizado, es cosa harto compleja. Tiempo para reflexionar qué frase habré de colocar. Esto, por supuesto, toma su tiempo, aunque se trate de algo que uno no escribió, pero que, de alguna forma, explica el texto, el cuento, el ensayo, la obra que uno, pues, ha estado escribiendo. Por lo general, es lo último que se coloca. Las 27 horas del jueves fue prácticamente lo último que le agregué a ese cuento. Antes tenía otro nombre. Otro epígrafe. Ya no tiene epígrafe. Otras palabras y otro final. Siempre recuerdo de qué lado de un libro abierto está la frase que busco. En la página impar o en la par. Para mí otro problema psico-visual.



Brevionario

Acción. Ejercicio de una potencia: La acción destructora del fuego. Efecto de hacer. A veces deshacer. En todos los cuentos se hace (o se deshace). Desde las primeras líneas la acción (palabra tan tácita como las costuras de algunos libros) comienza a hilvanarse con las palabras, con los movimientos, con los diálogos, con el lector, con el personaje. Una página, los enigmas; otra página y dos más, la solución; cinco páginas atrás, el título revelador, el problema. Escritura, lectura y acción. Para conceptualizar esto no hace falta adjetivo.

Adjetivo. El adjetivo cuando no da vida, mata. Vicente Huidobro. Palabras sin existencia dependiente, satélites de otras y sirven para calificar. En mi vida ha habido muchos adjetivos, y yo mismo he sido adjetivos de otras personas, y las experiencias de otras personas me han orbitado a mí. Muchos autores –sobre todo cuentistas y poetas– se refieren a ellas con un halo de desprecio, afirmando que su uso indebido (entiéndase exagerado) puede actuar en detrimento del texto y, por consiguiente, en la calidad de la lectura. Se ha determinado que el consumo excesivo de este tipo de palabras es nocivo para la brevedad.

Brevedad. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Baltasar Gracián. La palabra favorita de Augusto Monterroso cuya aplicación llevó a su máxima expresión, y lo orbitó hasta que se durmió para siempre. Atributo principal de los cuentos, aunque su radio de acción literaria no abarque únicamente los parámetros de este género ni de la literatura. El reverso semántico de la prolijidad (de las novelas).

Comienzo. Nunca se sabrá cómo hay que comenzar esta sección. Todos los cuentos tienen su comienzo. Esto no es indicador de que un comienzo sea el comienzo de toda una historia, es sólo el punto de arranque de las palabras que arman una acción que viene de atrás, de más allá del título del relato, de más allá del desfile de las acciones en la hoja de papel. Llevan intrínsecos su propio fin. Algunos, por supuesto, no ofrecen vestigios o presagios de su posible fin. En clase hemos llegado a la conclusión de que algunos cuentistas primero imaginan el final y éste le da vueltas. Luego elaboran los mecanismos para llegar a ese final que imaginaron antes de escribir la primera frase del relato, ese final de K.O., como diría un tal Julio. En literatura los tiempos se alternan.

Condensación. Constituye una trinidad junto a la economía del lenguaje y el rigor como rasgos más importantes. “Corregir es podar”, una frase ya convertida en lugar común pero con la fuerza de un apotegma religioso. Alfonso Reyes decía que escribía con las dos puntas del lápiz.

Cuentistas. De ellos hemos estudiado en el Seminario a Raymond Carver. Pero, también, se ha hecho ineludible las lecturas de otros: Chéjov, Borges, Cortázar, Rulfo. Muchas de sus teorías acerca de lo qué es un cuento coinciden y Edgar Allan Poe parece haber sido el pionero, el primer ladrillo teórico en pro de una definición. Aunque esto me lleva a recordar una frase de Albert Einstein, pero no queriendo definir el cuento sino a las mismas teorías: Si existe alguna teoría en el universo que no cambia, es precisamente la que dice que todo cambia.” Es difícil, es difícil. Cada vez lo es más. Las ideas tienden a lo abstracto.

Cuento. ¿Qué es un cuento? Una novelita, una ilusión. ¿Qué es un cuento? Una historia breve; un relato raudo, intenso, a veces lleno de suspenso; y el más chico cuento puede ser grande; al tocar el alma del lector hasta el fondo, aunque sus párrafos siempre sean pocos. Los cuentos, cuentos son.

Digresión. Error amargo en un cuento. Se rompe el hilo. La cuerda tensa. Se rompe el efecto y la efectividad. Aquí es donde es conveniente la poda, o la corrección: utilizar la otra punta del lápiz. Se desvincula. Algunas digresiones, las más amputables, tienen un odioso aire de ensayo, de explicaciones que tanto hartan a Julio Cortázar. Aquí el describir es no escribir.

Elipsis. No confundir con elipse: curva cerrada y plana, simétrica con respecto a dos ejes perpendiculares entre sí. Elipsis fue muy bien empleada por Ernest Hemingway. En “El gran río de los dos corazones”, el autor se sumerge bajo la historia, bajo las palabras, los efectos psicológicos fraguados por la guerra en el personaje Nick Adams. El relato parece tratar sólo de un insignificante día de pesca. Para lograr este efecto, Hemingway trabaja de manera casi quirúrgica la elipsis que logra no hacer extrañar la ausencia de esa otra historia, que transita por debajo. Al igual que la figura geométrica, se hace un puente para omitir aquellas partes prescindibles en una historia, entre el comienzo y final, que funcionan, además, como ejes perpendiculares. De seguro de allí viene el tema de la perfección geométrica de los cuentos.

Fantástico. La primera vez que escuché esta palabra fue cuando niño veía, obligado, el programa de Guillermo “Fantástico” González. Asocié ese término al mal gusto. Es una característica de las que gozan algunos cuentos de los autores que hemos leído en este Seminario, donde lo fantástico no absorbe toda la anatomía de la obra, sino que forma parte de ella. Para Juan Villoro los cuentos que se desarrollan en un ámbito cotidiano, exento de elementos donde brille la “sobrenaturalidad”, logran un final sorpresivo, se hacen más complejos. Final. Que remata, cierra o perfecciona una cosa. La oración anterior es la definición del diccionario Espasa para la palabra final. Punto donde la tensión, los enigmas, una palabra, la contundencia, otra palabra y otras tres más, se nos quedan mirando.

Héroe. Personaje principal de un cuento. Para Chéjov sólo debe existir un él, una ella. Actualmente sus “proezas” sólo alcanzan territorios cuando no mentales, físicos que no transcienden más allá de sus comunes vidas. La épica, lo mítico queda, para nosotros, en los versos homéricos.

Historia. Cada una de las acciones que se hilan en el tiempo, que se anudan y se vuelvan a desnudar. En los cuentos sólo se nos muestra una biopsia de la historia, de esa biopsia, llena de elipsis y puntas de iceberg.

Metáfora. En las novelas abunda, muchas hasta se encabalgan, en párrafos, en hojas. En los cuentos su abundancia, no por comedida, carece de impacto. Esto es debido, tal vez, a que se escogió la mejor de muchas: una que las encierre a todas. En cambio, en una novela, es más permisiva, las metáforas se encabalgan como potros que corren desaforados por una llanura extensa, sin límites. En la estrecha llanura de los cuentos las metáforas deben cabalgar sigilosamente, sin despeñarse en muchas direcciones.

Novela. Género imperfecto por antonomasia. Algunas como Obabakoak, de Bernardo Atxaga, novela que trata teoría y praxis del cuento, está conformada por varios de ellos de longitudes disímiles. Este género es el más tardío de todos. Narra. Narra en prosa generalmente sucesos (ficticios), o reales en parte, describe la evolución de los personajes. Algunas se les llama novelas de formación, donde existe una transformación del personaje principal. Aunque en casi todas las novelas estas transformaciones están presente.

Palabras. “No hay en la tierra una sola palabra para que sea sencilla, ya que todas postulan el universo.” Jorge Luis Borges, prólogo a El informe de Brodie.

Plagio. A mi entender el plagio tiene muchas ventajas si lo comparamos con el trabajo de creación. Es más fácil de realizar y menos laborioso. Se pueden terminar veinte plagios en el tiempo que lleva una sola obra de creación. Y a menudo se logran resultados muy buenos, cosa que no sucede con los trabajos de creación, porque las cualidades del ejemplo sirven de guía y de ayuda. De verdad digo que esa condición de latrocinio es perjudicial. Porque nos priva del mejor instrumento que poseemos para dar vida a la isla.

Poema. Género que por su composición se consideró en el Seminario como el género más cercano a los cuentos, a razón de la precisión y al mayor provecho de las palabras.

Tensión. Con el atributo de las cuerdas, entre más se estira más probable es que se reviente. El punto justo entre el contacto y la distancia a este quiebre, las dos puntas que se muerden la cola, que figuran una esfera.

Verbo. Lo que fue primero. Su uso indebido puede ser tan perjudicial como los adjetivos. También del abuso del lector que tanto Ánton Chéjov póstula en sus consejos epistolares. Los verbos están llenos de acción, cargados.


NO TE COMAS ESE CUENTO

Yoyiana Ahumada L





Quienes procuramos garabatear historias que emanan de nuestras zonas más oscuras, o al menos las intervenimos para que así parezca, tenemos que echar el cuento de qué, cómo y por qué llegamos hasta allí, o lo que es más desafiante: como llegaron otros que además nunca trabajaron para los Hermanos Chang, por cierto empresarios arroceros de Manchuria que no comparten su cosecha y a quienes no se les conoce pariente difunto.

Es que los Hermanos Chang son unos chineros, no negreros, como las voces silentes de Dumas, que vaya a saber uno si en realidad son los autores del Conde de Montecristo, y a las que él nunca les respetó su derecho de autor. ¡Merde! No, los Chang comen todo lo que se mueve, pero sobre todo cuentos de camino, de esquina, confesionales, vampirizan a los amigos, a los parientes, a los one for moment, a sí mismos, a cualquiera que sea matera prima para un cuento y todas las formas discursivas que se produzcan hasta en las paredes de la ciudad. Aunque no se crea, el imperio Chang, exprime hasta esas intervenciones del espacio que hace el “mágico pincel de los graffiteros” en sus dispositivos de arte ¡Ja! “Cristo viene, y viene arrecho…” Claro, porque le tocó ir para Barrio Adentro II, el que llamaron Salvador Allende y para salvador él… El graffiti resulta entonces un cuento casi siempre mal echado, sobre todo cuando es político y cuando lo estampan en las paredes de una casa que ha sido reconocida con el premio Nacional de Arquitectura, o sobre las estatuas. Ahí se vuelve de terror y directamente pasa a ser el hermano tonto de la novela, y un género menor.

Y ya me voy arrimando al mingo del asunto, porque se trata de la teoría del cuento a quien le ha tocado echar mano de la lingüística del texto, la etnografía de la comunicación y la narratología, o sea, ropa prestada que Luis Barrera Linares, quien se ha cansado de echar el cuento de lo que se trae el cuento, apunta para una teoria del cuento: “pareciera exigir ya un conjunto de teorías que sirvan de marco científico a la hora de abordar el texto literario de un modo más o menos serio y con la finalidad de proponer rasgos delimitativos que vayan más allá de la gastada noción de ‘género’ que es a donde queda confinado el cuento, sobre todo en ciertas culturas” donde el gran aliento de la novela, priva sobre el incisivo y fugaz pasaje del cuento.

Asi las cosas, se sigue pensado en que es necesario establecer unos rasgos para aproximar una teoría que integre los elementos consustanciales al cuento, y no termine por convertirse en una fórmula fast track, o en una receta. Todo apunta hacia una manera de hacer que permita echar un relato que encante al lector, que esté escrito con originalidad y que maneje el suspenso, entendido como la serie de indicios que nos van a llevar hacia un lugar completamente inesperado y con una anécdota original. Hacia allá es donde apuntan las nuevas aproximaciones al ¿género? Se trata de aventurar posturas recurriendo a quienes a su vez terminaron contra la pared por andar echando cuentos y se erigieron en teóricos por obra y gracia de los investigadores y teóricos a quienes muchas veces les sale dictar conferencias porque no saben echar cuentos sabrosos. Así, hay una cuentología, (término que no existe) de Poe, de Quiroga, que produjo ese manual, “El decálogo del perfecto cuentista”, y que aspiraba un poco el rumbo de una generación de cuentólogos o echa cuentos latinoamericanos.

Comencemos a despellejarlos para no llegar a ningún punto fijo, e iniciar una sesión para dejarlos en carne viva. Es que resulta que además del texto (objeto a estudiar), están el emisor del discurso (el escritor), el contexto psicológico y sociocultural que está implícito, salvo en los cuentos enmarcados en el realismo socialista donde lo sutil, lo implícito y lo sugerido a la inteligencia del lector, es sustituido por lo obvio, lo pedagógico, la lección a juro, de unas condiciones sociales que agudizan la contradicción del personaje.

“Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”. Dónde, quién era el dinosaurio. ¿Qué impacto puede tener el animal diluviano en un lector de podcast? Es decir un nano-lector que es muy distinto a un lector enano, quienes por cierto eran habitué de los cuentos de hadas, de los relatos pantagruélicos de un cuentista fabuloso y gallego, el llamado Alvaro Cunqueiro, especialista en sirenas, magos, por cierto poeta, gastrónomo, periodista y dramaturgo. En sus primeros tiempos fue poeta vanguardista neotrobadoresco (premio Nadal 1968, y Premio Nacional de la Critica 1959).

Tarrallazo cultural aparte, diría otro echador de cuentos, el periodista, escritor y humorista, Oscar Yanes, rey del color amarillo en la tinta, por tanto experto en “...la exacerbación de un personaje, de un ámbito o de un hecho. Pero no de todos a la vez”, José Balza dixit, escritor a quien debemos teorías vernáculas sobre el cuento. Chiva negra aparte, me llama a cuento la cercanía con la brevedad del poema en el caso de Cunqueiro, la traslación de la tradición oral de la trova que configuran al autor galego y que luego con una comodidad, a la que interpreto como genio, la traslada a la escritura. Entonces ¿dónde está el misterio? Si seguimos a Balza y la afirmación de que un cuento solo es posible si hay la escogencia fortuitamente deliberada, entre un ámbito, un personajes o un hecho para llevarlo al paroxismo, apoderarse de ciertas estrategias ficcionales y zaz producir el cuento, podría uno estrellarse contra las interrogantes que aparecen apretujadas en el cuento que más rápido uno se come en la literatura occidental “Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”.

¿Qué puede ser más exacerbado, que ese “estaba ahí”. ¿Quién despertó? El querido Monterroso nunca pudo empujar a ese dinosaurio al lado y aunque confesó a sus 81 años, antes de no volver a despertar, que se llevaba bien con el bichejo, pues el minicuento se le convirtió en el verdadero fósil en el que quedó estampado.

En realidad, para la novela es más sencillo, con esa categoría de la intertextualidad, el cruce de géneros en franco saqueo al discurso audiovisual, a géneros musicales como el bolero y el tango; el cruce entra la mal llamada alta y baja cultura, el mestizaje de léxico: idolectos, sociolectos etc. Al cuento le toca un trabajo mucho más completo para definirse, no en relación a otro género, sino a sí mismo. Su lugar único, quizás por la capacidad de síntesis a la que hace honor, por ese rapto discursivo donde la anécdota estalla para alcanzar un destino de muy breve transcurrir y donde no hay la posibilidad de Sherezade de salvar la cabeza, si en las tres primeras líneas, no se impacta, no se produce un robo del alma y el interés del lector.

El cuento, sigue siendo un enigma y como sostiene Barrera Linares no se conoce hasta ahora ninguna iniciativa que pretenda integrar de algún modo factores de apariencia tan diversa como el texto (objeto de estudio), el receptor (destinatario y juez final), el productor (escritor) y el contexto psicológico y socio-cultural implícito en la elaboración de un cuento.

Materia de reflexión, la unidad de espacio y tiempo, en función de las transformaciones que la segunda dimensión viene provocando en nuestras vidas, aludo al nano-contenido que cada vez cobra más vigencia en ciudades catastrofistas como Caracas, ya no alcanza la media hora que adelantó el gobierno nacional, ni para decir había una vez en el Meridiano de Chichiriviche.

Llegados hasta aquí, este cuento ya se alargó como para haber llegado a algún derrotero y no fue así y, como dice la tradición oral, Colorin colorado, en nombre de Sherezade, el Conde de Lucanor, George Sand, Guy de Maupassant José Rafael Pocaterra, Borges, Federico Vegas, Lewis Carrol, Senel Paz, Guillermo Cabrera Infante, Monterroso y su dinosaurio se ha acabado…

EL CUENTO SEGÚN YO (O EL MANÍ ES ASÍ)

José Javier Rojas




“It don’t mean a thing (if it ain’t got that swing)”
Duke Ellington e Irving Mills

“Where is the beef?”
Mr.T



Check-in
En la salsa, el secreto está en la clave. En el cuento, también, la clave es el secreto. En el ingrediente secreto está todo. Porque lo demás son excipientes, amarillo número cinco y color artificial. Porque todo lo demás es empaque y mercadeo de marca. El “ingrediente secreto” es un secreto a voces, porque por si no lo habían notado mis amigos de la barra, el vino también se hace con uvas. Caramba, tamaña obviedad mejor ocultada que La Carta Robada: La clave es la anécdota, la acción, el verbo. Pasa en la vida. Pasa en las películas. Agrega agua al envase y listo: agua lista para tomar. Lo que pasa, pasa y si pasó, o si podemos imaginar que pudo haber pasado, o que podría pasar, habemos cuento, papá. No me vengas con aquello de qué pasa que el cóndor no pasa. Si no pasa, pues no cuenta a estos efectos porque no es cuento. Si no tiene ritmo, no tiene swing. No tiene vida. No me jodas más con Proust y los literatosos contemplativos después de viejo. Cuando quiero ver un cuadro, voy a un museo.

Duty Free
No hay tal secreto en qué hace funcionar a un cuento: todos somos cuentistas potenciales, porque el cuento es parte de la condición humana desde que nos reuníamos asustados y (parece, más) salvajes alrededor del fuego, tras perseguir bisontes o pelearles las sobras de la caza a los carroñeros (nunca fuimos mayor cosa los hijos de Eva en este valle de lágrimas, no vayan a creerse ustedes que esta miseria nuestra es de ahora y por culpa del reguetón, que sus muchas culpas tiene, pero ésa no es una).

Abordaje
Adriano González León alguna vez dijo, porque yo alguna vez se lo oí en la radio cuando oía radio, valga la anécdota, que cualquiera tiene anécdotas. Lo certifico. Que si por anécdotas fuera, los taxistas serían mejores literatos que los egresados de las universidades. No voy a elaborar más sobre el punto porque no quiero sacar de contexto y cambiarle el sentido y la intención a lo que González León dijo, sobre todo porque ya no está para desmentirme y porque los egresados de Letras pueden llegar a ser enemigos tenaces (no hay que subestimar a nadie capaz de leerse el canon occidental, que será muchas cosas, pero es el canon, Navarone querido). Solo voy a acotar que yo estaba entonces y estoy hoy en la acera de enfrente de AGL. El profesor ponía a la anécdota como súbdita del lenguaje: para mí, el lenguaje solo me sirve en tanto y en cuanto sirva a la anécdota como herramienta eficaz y haga fluir la historia sin distracciones ni veleidades poéticas que, nunca mejor dicho, no vienen a cuento.

Despegue
Las recetas y fórmulas for dummies son otra cosa y de esas no tengo, así que no vendo, lo siento, vengan otro día a ver si ya se me ocurrió alguna. Pronto, muy pronto, en algún curso en línea en una computadora cerca de usted, si la tendencia a la grafomanía se sigue extendiendo a este ritmo, perpetraré algo para mayor indignación de la gente que se dice seria y que me tiene, con razón, por un mal bicho. Por ahora cumpliré el axioma que reza “el que lo dice no lo sabe y el que lo sabe no lo dice” y me reservaré los derechos sobre mi faja oleaginosa.

Pero sí que puedo pontificar sobre el cuento largo y tendido sin arriesgar ningún secreto (total ya dije que no había tal, al menos uno distinto a la acción pura y dura, pasen las cotufas).

Puede desabrochar el cinturónEl cuento repele los artificios que la novela abraza entusiasta. El oficio con sus herramientas pesa más en el escritorio del novelista y del guionista: no se saca adelante semejante empresa sin conocer el negocio de empujar páginas y llenar aire a pulso. El artífice del cuento se le parece más al inspirado artesano popular que al pujante industrial emergente. Aunque ambos trabajan con semejante celo y dedicación, comprometidos con el resultado de su esfuerzo, hay algo en la escala que hace que el trabajo de uno sea más delicado aunque no pocas veces resulte más burdo. El cuento está más cercano al hombre común que la novela, tal como el abasto de la esquina lo está más al parroquiano que el hipermercado de grandes superficies. En la aparente y engañosa sencillez del cuento hay una calidez manejable, que no nos intimida y que nos hace entrar en confianza, tomar posesión, bromear con el dependiente y no pagar rápido en la línea expresa, temeroso de no exceder los artículos permitidos y vueltos unos manotas con los cestatickets. Gracias por su compra, pero apúrese que ya estorba. Uno se atreve con un tarantín porque cualquiera monta y atiende un chiringuito, supuestamente. Será por eso que Monterroso decía que no se lo terminaban de tomar en serio, no que a él eso le importara mayor cosa.

Refrigerio
El cuento goza de excelente salud aunque la industria insista en no darse por enterada porque le da pereza empacar el producto que considera marginal (salvo en el nicho infantil, donde el cuento reina indisputable). No importa, los contadores de historias, los prosistas de constitución y convicción van encontrando sus medios y sus públicos. Si lo construyes, ellos vendrán, Walt.

Mantenga el asiento vertical
No podemos seguir alienando la poca buena fe que les queda a los maltratados lectores con sobrecogedoras catedrales de palabras llenas de ventanas emplomadas pero sin puertas. Ya lo dije, pero me repito para que quede claro: de escribir escribe cualquiera cualquier cosa de cualquier forma, pero leer es otro costal, carnal, porque hay cada espanto que pasma, así que a los lectores hay que consentirlos como a los fósiles vivientes que se van volviendo. “¿Eso era todo, al final, después de tantas vueltas raras?”, me mira con cara de estafado el alumno celacanto y yo no sé qué decirle para que me crea que es mejor leer, así sea algo malo preñado de buenas intenciones no resueltas, que quedarse ciego bajando pornografía o matando zombis en la consola o chateando con las compañeras de curso, que puestos a ver, es todo casi la misma cosa.

Abróchese el cinturón
Porque leer es un trabajo muy mal remunerado suscribo la opinión del sofista y provocador B.R. Myers y de su “Manifiesto de un Lector: un ataque a la creciente pretenciosidad de la prosa literaria americana” (el original, en The Atlantic Monthly de julio/agosto de 2001, está traducido en el número 6-7 de Hermano Cerdo, ambos disponibles en línea). Myers acusa fuerte y claro a la crítica mequetrefe infatuada con amaneramientos manieristas (léase mariconadas mal contadas y peor escritas, pero eso sí, con unas imágenes metafóricas que te cagas) esa misma que persigue con saña inclemente a los lectores y escritores de la literatura de género, mientras va repartiendo premios a troche y moche a los figurines de pastillaje que salen en las fotos de contratapa. La Literatura con mayúscula, ésa la del canon y la Academia, está espantando a los lectores con sus modas, mañas y afectaciones ocultistas; los está dejando morir al descampado con distracciones menos ingratas que no los hacen sentirse indignos y estúpidos al hojear las reseñas de las novedades de la semana. Claro, la Rowling debe ir en su limosina matándose de la risa leyendo las críticas camino al banco, pero no es de ella y de los como ella que debemos cuidarnos, sino de los fariseos que quieren convencernos de que el arte es una cosa tan disfrutable como un tratamiento de conductos y de que hay que someterse al solemne aburrimiento de complacer al narcisista de turno que nos imponen como artista para pasar por medianamente cultivados. Insisto, no me jodas tú con Proust a estas alturas.

Aterrizaje
En nombre de los demás celacantos, por favor señores escritores, échennos el cuento sin tantas florituras para rizar el rizo, que queremos enterarnos de qué va la cosa antes de extinguirnos. Populismos aparte, y aquí en confianza, vamos, que tampoco es tan difícil la cosa.

A ver pues, ¿dónde está la carne?


A OTRO CON ESE CUENTO

Juan Zamora




“¿Otra vez con el mismo cuento?”

“A ver qué cuento me traes ahora.”

“¡Yo no me como ese cuento!”

“Tú y tus cuentos.”

“Hay que ver que tú sí eres cuentero vale.”

“Déjate de cuentos.”

Resulta increíble –al menos para mí- la manera en que muchos desprecian o se niegan a recibir un cuento. Esa narración oral o escrita, breve (a veces), en la cual se relata una historia y bla, bla, bla, bla, bla…

Dentro de la definición de cuento, existe una pequeña frase que brilla, una frase maravillosa: “puede ser real o ficticio”. Desde un punto de vista muy particular y, apoyándome en la lógica, pudiera decir que estamos ante una conjunción, ya que ambas variables son verdaderas, por lo tanto, la proposición es verdadera.

¿Que qué estoy tratando de proponer? ¡Lógico! Que a pesar de lo apremiante, molesta o confusa que pueda ser la situación, deberíamos hacer el esfuerzo por no rechazar un cuento, y que además, cualquier cuento puede ser verdadero:

Un aliento sulfuroso y sofocante se interponía entre la bestia y el guerrero, sin embargo, éste último no dejaba de blandir su espada. El calor iba en aumento y la situación se hacía cada vez más crítica para el valiente campeador. La bestia avanzaba y, con cada zarpazo, acorralaba más a su presa aminorando sus posibilidades de salir con vida. De pronto y como por ayuda divina, una certera estocada logró dar al traste con la inmisericorde voluntad de aquel monstruo. El guerrero salió ileso pero… sin el cofre del tesoro…

-Ramón David, qué tan grave puede resultar pedir un aumento de sueldo, ¡por amor a Cristo!

-Te juro que hice lo que pude. Hablé, hablé y hablé, pero el viejo cascarrabias no quiso dar su brazo a torcer. Gracias a Dios salí con vida de su oficina.

-Esto me huele a cuento, y más por la forma en que lo narras. Yo creo que esto es más de lo mismo. Tú a lo mejor no dijiste nada. Como siempre.

-¡Claro que sí!, pero espera, que hay más.

-Ahora no Ramón David, estoy ocupada…

¿Qué le impide a la interlocutora de Ramón David, disfrutar del “cuento”? No es sólo su escepticismo, también está su débil disposición a ver la realidad a través de otro cristal. Al menos para hacerla más llevadera; más, ¿divertida?

Personajes, tema, conflicto, solución, principio y fin. Todo esto es parte de un cuento. Eso todo el mundo lo sabe ¡Por favor!, si se ve en las primeras horas de cualquier taller de cuentos. Ahora bien, si se fijan, esto no es más que parte de la cotidianidad; todo está allí, flotando en el ambiente. “El tema”, eso más que nada anda pululando por ahí, en el aire, en el día a día.

Sin ninguna intención de desmerecer la importancia del tema como parte fundamental del cuento; coincido con muchos en que lo interesante radica en la forma en que se “echa el cuento” y, en la capacidad que tenga la historia de abstraer a quien la lee o escucha, de su entorno. Cabe destacar que esta responsabilidad reposa sobre los hombros de quien escribe o narra el cuento, pero independientemente de ello, pienso que sigue siendo una maldad cerrarle las puertas a una historia (buena o mala, primero hay que leerla o escucharla –al menos el principio, a ver si nos atrapa- para después juzgarla).

¿Otra vez con que qué demonios intento decir? Bueno, trataré de simplificar. Repasemos lo básico: Principio, nudo y desenlace ¿Esto tampoco lo entienden? Bueno, entonces asistan a cualquier taller de cuentos. Miren que hay muchos, les puedo recomendar algunos…

Echar un cuento representa un genuino esfuerzo creativo. En ocasiones, nos vemos obligados a recurrir a esta herramienta para enfrentar de mejor manera los avatares de la vida; hacerlo de manera jocosa siempre resulta mejor que cualquier cosa. Hay quienes lo ven como excusas. Allá ellos, que se lo pierdan.

Todavía estaba medio dormido cuando me di cuenta de que lo que tenía en la mano no era precisamente el cepillo de dientes ¿Alguna vez has intentado lavar tus dientes con un tampón? El agua estaba muy fría, tanto, que tuve que espantar a dos pingüinos de la bañera. Me llevó más de media hora sacarlos porque de verdad que eran muy tercos. No conseguía el talco para los pies, mis hijos lo tenían en su cuarto, habían estado jugando a los narcotraficantes, no sé dónde aprenden esas cosas pero por si acaso, le voy a poner clave de acceso al GameBoy. La cafetera estaba haciendo un ruido muy raro, luego me percaté de que en lugar de café, le había puesto maíz para cotufas. Saben bien con tocineta, créeme. Cuando salí de la casa, comenzó a nevar, o al menos eso creí hasta que los incesantes estornudos y mi manchado traje me hicieron reparar en que los niños habían vuelto a agarrar el talco para los pies…

-Está bien Ramón David, no te voy a descontar la llegada tarde. Tampoco voy a creerte, pero lo que sí reconoceré una vez más, es tu prolija imaginación.

-Juro por mi tía barbuda que todo lo que te conté, es cierto.

-Tampoco creeré jamás eso de que tienes una tía barbuda; y por favor, no abuses de tu suerte…

En este segundo caso, el interlocutor o interlocutora, al menos aprovechó la ocasión para disfrutar el “cuento”. Esa es la idea.

Julio Cortázar, en una conferencia que dictó en la Habana (Julio de 1970), expresó lo siguiente:

“El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta.”

Incluyo este párrafo acá, porque se me dijo que esto debía ser un “ensayo didáctico” (¡Ja!). Para que un texto sea didáctico, basta con incluir nombres de gente importante, fechas y, citas que nadie entiende pero que infunden respeto y admiración (¡Sí Luís!, a otro con ese cuento…).

Imagino que todavía hay quien se pregunta: ¿de qué diablos habla?

Sigo hablando del cuento como expresión genuina, característica y muchas veces hasta socorrista del ser humano, que a veces hasta sobrepasa lo preestablecido. Israel Centeno, en una reciente entrevista decía: “Sin procurar vender un axioma o una sentencia, puedo atreverme a compartir una humilde convicción: el arte, la expresión creativa, trasciende los dogmas” (creo que se entiende más la opinión de I. Centeno).

Volvemos a lo de “ensayo didáctico”, pero es que esto es perfectamente aplicable al cuento cotidiano. Ése que fluye a diario en cualquier tertulia. Y miren que hay algunos a los que sólo hace falta adosarles el calificativo de “Kafkiano”.

Un cuento es un cuento, venga de donde venga, muestra creativa pues. Si se hace por necesidad, a veces resulta más creativo que cualquier otro –aunque transcienda los dogmas-. De manera pues, que no desechemos ningún cuento. Decía Flannery O'Connor que: “Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana…”

¿Hace falta más? Sé que puede resultar molesto que alguien le venga con un “cuento” pero, ¡caramba!, ¿y qué con la creatividad del fulano o fulana?

Buscar una conclusión a todo esto podría resultar en redundancia, y eso sí que es fatal para un cuento; así que al estilo de las fábulas –que no es ese el tema que estamos tocando, pero nos hace parecer cultos y quizás así se coman el cuento-, es preferible dejar el resultado de todo esto a gusto del consumidor.

Buenas noches, o días según sea el caso y, que tengan un final feliz…


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