10 feb. 2008

5 FETICHES PARA CONSTRUIR UNA FÁBULA

Humberto Valdivieso


(Rolando Peña. Confieso que he besado, homenaje a Rubén Monasterios)




(Narrar es un dejo de placer, espacio donde el cuerpo queda catalogado. No narro, no hago poesía: apenas puedo inventariar algunas sensaciones)

1. Lamer y morder
¿A qué sabe una ciudad? ¿Cuál es su textura? ¿Dónde están los sabores contradictorios de una historia? ¿Mordemos libros o mordemos piel? ¿Pasamos la lengua sobre una hoja o lo hacemos sobre conflictos? Una fábula aparece en medio de una crisis que se desea y no puede soltarse. Es un acto de canibalismo y fruición. Las palabras y las acciones deben morderse con un poco de asco y deseo a la vez. Por eso, no hay nada que sepa mejor, desde mi perspectiva, que las ambiguas mezclas de situaciones imposibles.

¿Qué somos los seres humanos cuando nos atacan las inseguridades? ¿Qué soy frente a los pixel en blanco de mi monitor cuando tengo miedo de comenzar? Ahora que debo pensar en este laberinto, diagramado perversamente por los Chang, voy a detenerme, apenas un instante, en la inestabilidad: vivir es similar al frágil vaivén de las teclas del laptop cuando se hunden bajo mis dedos esperando volver a subir. Nada es duradero, todo se arriesga y aún así no puede uno detenerse. Es como unos dientes que van y vienen sobre la carne, como una lengua que no abandona un cuello.

2. Olfatear y babear
No suelo pensar en cuentos y mucho menos en novelas, con toda seguridad por una limitación inconfesable. No pude explicarle a Carlos Sandoval ni a Fedosy Santaella (lectores pantangruélicos) qué cosa es mi último escrito. Por eso he decidido que me quedaré encerrado en la teoría de los símbolos, que voltearé hacia la imagen cuando se trate de pensar y teorizar, y nunca hablaré de la literatura del otro (de ese que no soy yo, y que siempre me supera). Entonces, sólo me queda pensar en qué cosas cuento desde mi teclado y no en qué cosas pueden ser contadas en la literatura. Fábulas, eso hago. ¿De qué se trata? Me amarro a la quinta y cuarta acepción del DRAE para poder explicar: “relación falsa, mentirosa, de pura invención, carente de todo fundamento”. “Ficción artificiosa con que se encubre o disimula una verdad”. Y es en ese acto de fabular donde encuentro que es posible contar una historia olfateando los límites de lo narrativo, buscando los aromas más adúlteros de la lengua. Esos donde los géneros literarios mienten sobre sí mismos y se babean unos con otros hasta confundir al prójimo (ese que no soy yo, y que siempre me supera).

3. Arañar y sudar
A veces pienso que un sintagma es un conjunto de signos arañándose con desesperación, también lo creo de la narración por fragmentos o de los versos, noticias, eslóganes, conceptos y citas textuales que pueden aparecer en medio de la prosa de ficción. No hay nada nuevo en eso, no existen propuestas originales; ¿desde cuándo las uñas desean recorrer los cuerpos ajenos? Arañamos también las teclas —que desean tocarse unas a otras—, arañamos las palabras ajenas —porque nos suenan en nuestro escrito— y las historias que nunca escribiremos —uñas que se quiebran contra nuestra pizarra—. Es un ejercicio que hace sudar. Es una forma de permitir que las ideas permanezcan lubricadas contra las frases, las oraciones y los relatos fabulados.

4. Escuchar y mirar
¿Es posible escribir fábulas sin desear la vida del otro? ¿O bien sin esperar ser espiado por esa persona que escucha, oculta, nuestros murmullos? ¿Somos autores de algo? ¿Soy autor? (Rasguño las palabras de Barthes porque no puedo contestar: “el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino”). Miramos y somos escuchados, fisgamos con nuestros ojos a través de las cerraduras de aquellos que auscultan con el oído tras la puerta. Es una relación falsa, “pura ficción” (Rasguño las palabras de Rolando Peña: “nada es más poderoso que la seducción”). Dejamos pistas que otros recogen, nos insinúan acciones para que nos antojemos, y en ese movimiento —mientras observamos cómo van armando las palabras nuestras ficciones sobre la vida de otros— aparece y desaparece la fábula, tan disoluta e irresponsable como yo (que hago esto).

5. Silencio
La única historia que nunca aprendemos a escribir.

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