10 feb. 2008

10 RAZONES PARA EL MANGUAREO

Mario Morenza




"Escribir es una forma de saber que se sabe lo que no se sabía que se sabía."

Javier Marías, Literatura y fantasma.

“Yo dudo en que creo, y creo en que dudo.”

Augusto Monterroso, Lo demás es silencio.


1. El agua. Escribo cuentos. Llevo como 8 y una novela corta llamada Pasillos de mi memoria ajena y que, de alguna forma, está conectada con estos relatos que he estado escribiendo, escribiendo y más que nada corrigiendo, escribiendo con “las dos puntas del lápiz” desde hace tres años. Una lectura de ellos se puede llevar de dos a tres adjetivos y dejar de una a dos comas. Cuando escribo tomo mucha agua. Bien pudiera tener un vaso de agua fría reposando en el escritorio. Pero no. Tal vez sea el miedo a que caiga y empape los circuitos del teclado, las hojas de anotaciones, los circuitos del CPU, todo lo frágilmente expuesto al H20; el piso (lo que está al alcance de todos), de empaparme yo, de resfriarme, de enfadarme. Cada vez que viene una frase o metáfora que la imagino nunca antes escrita, a modo de simple y llana celebración, lleno de mí mismo, dirijo mis pasos hacia la nevera, a buscar el vaso también lleno, pero de agua, y beberla. Sorberla del mismo modo en que la pantalla de a poco, al ritmo de mis dedos, ha sorbido lo que planeé escribir. Termino esta entrada con una frase de mi cuentista favorito: Felisberto Hernández. “El agua es igual en todas partes y yo debo cultivar mis recuerdos en cualquier agua del mundo.”

2. Refrigerios de media noche. Mi hora, o mis horas preferidas para la lectura y escritura son las nocturnas. También para ver películas, o escuchar música. No hay peligro de ser interrumpido a mitad de palabra, imagen o escena. El proceso de escritura es una constante que llega a su cenit al momento de uno sentarse y transmutar lo que por los pensamientos pasa, o sigue pasando, en simples letras. Momento sagrado en que codificamos la historia a narrar. Lo mejor que se me ha ocurrido ha sido en colas, esperando el autobús, después de un largo día de trabajo y Pasillo de Letras. Uno escribe cuando no escribe. En ese momento sagrado de sentarse a escribir (o transcribir lo que en el día uno anduvo pensando) existen los rituales, o tantos rituales como personas en el mundo se dedican a escribir, a codificar su mundo en el mundo. Uno de mis rituales es la comida a deshoras, en la madrugada, cuando nada externo, o casi nada, puede perjudicar el fluir de tu trabajo. En la entrada anterior hablé del agua. En ésta, a parte de hablar de puro y duro manguareo, hablaré del pan. Lo preparo. El plato. La servilleta. Dirijo mis pasos hacia el balcón, que lo he ido transmutando y codificando de a poco, en un comedor al aire libre, una gran boca abierta al sereno invisible de la noche capitalina. Se puede ver el tope de los árboles, la cornisa de Bloque 3, pequeños sub-horizontes. A esas horas la silueta de El Ávila se confunde en la negrura, y nos da a entender, visualmente, psico-visualmente diría mejor, que ese territorio del cielo está húmedo, y sucede un fenómeno similar al de las manchas de agua en las servilletas, pañuelos blancos o manteles, donde a simple ojeada no se distingue qué es lo que permanece seco y qué mojado. A esas horas de la noche sé que una parte de mis parietales internos del cerebro se encuentran húmedos y otros secos, completamente exprimidos durante el día y de lo que va de noche, yendo hacia la hora más oscura, yendo hacia el fin del mundo.

3. Elegir la letra. Por un tiempo fue la Times new Roman. Terminé sintiendo un odio inmenso a esa letra de prensa, de periódico barato y amarillista, un odio comparable al de Enrique Vila-Matas por los números redondos. Luego vino la Comic Sans, pero este reinado fue efímero. Todos mis profesores me recomendaron que la Comic Sans no era precisamente la más apropiada para un trabajo académico. La letra que usé por mayor tiempo fue Verdana, y no fue sino hasta hace dos o tres meses que la sustituí. La Verdana es imponente, con presencia y personalidad, salta a la vista ese aire de señora y perfume costoso, que seduce, que atrapa, que enamora. La sustituí, hace dos o tres meses, porque gastaba mucha tinta. Ahora uso Courier. Escoger la letra no fue cosa sencilla. Un casting Gutenberg. Así será con la sucesora de la Courier. Para eso faltan muchas horas de escritura y manguareo.

4. Jueguito de básquet. Por un tiempo tuve un jueguito de básquet de computadora. Era del ’89. Una cosa simple, por no decir primitiva, comparado al derroche de cibernética de un juego de la misma índole producido en estos días. Salía John Stockton y Karl Malone como de 28 años, aunque la imagen no era tan nítida. Se podía pensar que todos los jugadores tenían 28 años, a no ser por las estadísticas a las que uno podía acceder presionando ciertos botones. Lo del jueguito de básquet, lo usaba como ejercicio de relajación. Para aflojar los dedos, la mente, la espalda y una que otra extremidad. Digo yo que para eso.

5. La música. A lo que más cuidado le empeño, es a la selección musical. Esta manía data desde la época de colegio, cuando me mandaban a repetir y a caletrearme todos los conocimientos desgranados en el aula. La música desde hace diez, doce años, no ha variado mucho. Peter Gabriel. Genesis. Dave Mathews Band. Fito Páez. Charly García. U2. Patrick Bruel. Axelle Red. Seu Jorge. Es la música de fondo. Los temas que han ido animando la banda sonora de mi vida, los sonidos, la otra mitad del mundo. A veces las palabras –como se deja leer (en los sub-títulos para el que no sepa ruso) en El Espejo, de Andrei Tarkovsky–, no expresan todo lo que un hombre puede sentir, son flojas. Escribiendo, concluyo, hacemos de una especie de Dios primitivo, expulsando apenas un ápice de lo que se encuentra dentro de nosotros, un acto sólo comparable al de extirparse un barro frente al espejo del ascensor cuando nadie nos ve. Una palabra, como dice Borges, es una metáfora del Universo. Derramar sobre la hoja en blanco una imagen a la semana, un párrafo, un diálogo, es motivo de felicidad. Las posibilidades de contención del papel son infinitas. Lo dice el viejo dicho: “El papel lo aguanta todo”. La de la lectura no. Después vendrá la corrección. El papel aguanta todo menos el agua que se le derrama.

6. El balcón. La panorámica, a las tres de la mañana, desde el balcón, se pudiera decir que es más bien tenue. Allí, para no dejar el cuarto invadido de migajas, voy a deglutir mis comidas a deshoras. Desde allí, un aliento invernal, sin ser invierno, campa a sus anchas. Una soledad extrema, sin estar uno aislado, se vuelve corrosiva, impura. Sobre la grama cae, entonces, una nieve de migajas de pan. La aparición de algún vecino entrando a Bloque 4 lo convierte a uno en violador de la privacidad, sin uno ser espía. Un módulo policial está al otro lado de la calle. A veces la serie de gritos desesperados, pidiendo clemencia o pidiendo quién sabe qué, me sacan de la mitad de una frase o palabra. De la mitad de una escena o discernimiento. El frío es lo de menos, sin ser uno un espía que surge de él.

7. Los intestinos. De tanta agua y chucherías me han entrado ganas de ir al baño. Si cargo con el reloj, me pongo a darle al cronómetro a ver si dejo en 99 la fracción de la pantalla correspondiente a los microsegundos. Con Alexis Pablo, Miguel, Daniel, Yoel, Hensli, Petitcelesta y Ana Lucía jugué este entretenido juego de mesa en La Estrella de China. Cada cabeza ponía 50 bolívares al pote. Cada cuatro rondas se duplicaba ese monto. El que dejara el conteo de los microsegundos en 99, o lo más cercano a esa cifra, se llevaba el pote.

8. La TV. A veces prendo la televisión. Uno nunca sabe cuándo se armará la de san quintín, y ya, a las vísperas la predicha III Guerra Mundial, adiós humanidad, adiós recuerdos y que te vaya bien. Dejen, por favor, indicios de nuestra existencia para colonizaciones alienígenas. Hay mucho loco suelto por ahí y hasta son presidentes de países poderosos.

9. La Biblioteca. Me pongo a acomodar libros. Por orden. Por autor. Opto por los más idóneos para el cuento que quiero escribir. Los apilo en la cama convertida en un anexo de mi escritorio. En una mesa acolchada donde a veces me lanzo a naufragar en medio de la noche, cuando se me escapa una idea. Cuando me atormenta la frase Palabra-no-escrita-es-palabra-perdida. La ca(l)ma, la bendita ca(l)ma. Si sumáramos cuánto tiempo estamos en ella. No recuerdo dónde fue que leí que la condición primordial –ojo, escribo primordial y no la más nutritiva– del ser humano era la flojera, la no acción, el no-hacer-nada.

10. El epígrafe. Es una tarea ardua. Una tarea que requiere reflexión y memoria precisa. Buscar la frase, de uno no tener su propio catálogo de epígrafes bien organizado, es cosa harto compleja. Tiempo para reflexionar qué frase habré de colocar. Esto, por supuesto, toma su tiempo, aunque se trate de algo que uno no escribió, pero que, de alguna forma, explica el texto, el cuento, el ensayo, la obra que uno, pues, ha estado escribiendo. Por lo general, es lo último que se coloca. Las 27 horas del jueves fue prácticamente lo último que le agregué a ese cuento. Antes tenía otro nombre. Otro epígrafe. Ya no tiene epígrafe. Otras palabras y otro final. Siempre recuerdo de qué lado de un libro abierto está la frase que busco. En la página impar o en la par. Para mí otro problema psico-visual.



Brevionario

Acción. Ejercicio de una potencia: La acción destructora del fuego. Efecto de hacer. A veces deshacer. En todos los cuentos se hace (o se deshace). Desde las primeras líneas la acción (palabra tan tácita como las costuras de algunos libros) comienza a hilvanarse con las palabras, con los movimientos, con los diálogos, con el lector, con el personaje. Una página, los enigmas; otra página y dos más, la solución; cinco páginas atrás, el título revelador, el problema. Escritura, lectura y acción. Para conceptualizar esto no hace falta adjetivo.

Adjetivo. El adjetivo cuando no da vida, mata. Vicente Huidobro. Palabras sin existencia dependiente, satélites de otras y sirven para calificar. En mi vida ha habido muchos adjetivos, y yo mismo he sido adjetivos de otras personas, y las experiencias de otras personas me han orbitado a mí. Muchos autores –sobre todo cuentistas y poetas– se refieren a ellas con un halo de desprecio, afirmando que su uso indebido (entiéndase exagerado) puede actuar en detrimento del texto y, por consiguiente, en la calidad de la lectura. Se ha determinado que el consumo excesivo de este tipo de palabras es nocivo para la brevedad.

Brevedad. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Baltasar Gracián. La palabra favorita de Augusto Monterroso cuya aplicación llevó a su máxima expresión, y lo orbitó hasta que se durmió para siempre. Atributo principal de los cuentos, aunque su radio de acción literaria no abarque únicamente los parámetros de este género ni de la literatura. El reverso semántico de la prolijidad (de las novelas).

Comienzo. Nunca se sabrá cómo hay que comenzar esta sección. Todos los cuentos tienen su comienzo. Esto no es indicador de que un comienzo sea el comienzo de toda una historia, es sólo el punto de arranque de las palabras que arman una acción que viene de atrás, de más allá del título del relato, de más allá del desfile de las acciones en la hoja de papel. Llevan intrínsecos su propio fin. Algunos, por supuesto, no ofrecen vestigios o presagios de su posible fin. En clase hemos llegado a la conclusión de que algunos cuentistas primero imaginan el final y éste le da vueltas. Luego elaboran los mecanismos para llegar a ese final que imaginaron antes de escribir la primera frase del relato, ese final de K.O., como diría un tal Julio. En literatura los tiempos se alternan.

Condensación. Constituye una trinidad junto a la economía del lenguaje y el rigor como rasgos más importantes. “Corregir es podar”, una frase ya convertida en lugar común pero con la fuerza de un apotegma religioso. Alfonso Reyes decía que escribía con las dos puntas del lápiz.

Cuentistas. De ellos hemos estudiado en el Seminario a Raymond Carver. Pero, también, se ha hecho ineludible las lecturas de otros: Chéjov, Borges, Cortázar, Rulfo. Muchas de sus teorías acerca de lo qué es un cuento coinciden y Edgar Allan Poe parece haber sido el pionero, el primer ladrillo teórico en pro de una definición. Aunque esto me lleva a recordar una frase de Albert Einstein, pero no queriendo definir el cuento sino a las mismas teorías: Si existe alguna teoría en el universo que no cambia, es precisamente la que dice que todo cambia.” Es difícil, es difícil. Cada vez lo es más. Las ideas tienden a lo abstracto.

Cuento. ¿Qué es un cuento? Una novelita, una ilusión. ¿Qué es un cuento? Una historia breve; un relato raudo, intenso, a veces lleno de suspenso; y el más chico cuento puede ser grande; al tocar el alma del lector hasta el fondo, aunque sus párrafos siempre sean pocos. Los cuentos, cuentos son.

Digresión. Error amargo en un cuento. Se rompe el hilo. La cuerda tensa. Se rompe el efecto y la efectividad. Aquí es donde es conveniente la poda, o la corrección: utilizar la otra punta del lápiz. Se desvincula. Algunas digresiones, las más amputables, tienen un odioso aire de ensayo, de explicaciones que tanto hartan a Julio Cortázar. Aquí el describir es no escribir.

Elipsis. No confundir con elipse: curva cerrada y plana, simétrica con respecto a dos ejes perpendiculares entre sí. Elipsis fue muy bien empleada por Ernest Hemingway. En “El gran río de los dos corazones”, el autor se sumerge bajo la historia, bajo las palabras, los efectos psicológicos fraguados por la guerra en el personaje Nick Adams. El relato parece tratar sólo de un insignificante día de pesca. Para lograr este efecto, Hemingway trabaja de manera casi quirúrgica la elipsis que logra no hacer extrañar la ausencia de esa otra historia, que transita por debajo. Al igual que la figura geométrica, se hace un puente para omitir aquellas partes prescindibles en una historia, entre el comienzo y final, que funcionan, además, como ejes perpendiculares. De seguro de allí viene el tema de la perfección geométrica de los cuentos.

Fantástico. La primera vez que escuché esta palabra fue cuando niño veía, obligado, el programa de Guillermo “Fantástico” González. Asocié ese término al mal gusto. Es una característica de las que gozan algunos cuentos de los autores que hemos leído en este Seminario, donde lo fantástico no absorbe toda la anatomía de la obra, sino que forma parte de ella. Para Juan Villoro los cuentos que se desarrollan en un ámbito cotidiano, exento de elementos donde brille la “sobrenaturalidad”, logran un final sorpresivo, se hacen más complejos. Final. Que remata, cierra o perfecciona una cosa. La oración anterior es la definición del diccionario Espasa para la palabra final. Punto donde la tensión, los enigmas, una palabra, la contundencia, otra palabra y otras tres más, se nos quedan mirando.

Héroe. Personaje principal de un cuento. Para Chéjov sólo debe existir un él, una ella. Actualmente sus “proezas” sólo alcanzan territorios cuando no mentales, físicos que no transcienden más allá de sus comunes vidas. La épica, lo mítico queda, para nosotros, en los versos homéricos.

Historia. Cada una de las acciones que se hilan en el tiempo, que se anudan y se vuelvan a desnudar. En los cuentos sólo se nos muestra una biopsia de la historia, de esa biopsia, llena de elipsis y puntas de iceberg.

Metáfora. En las novelas abunda, muchas hasta se encabalgan, en párrafos, en hojas. En los cuentos su abundancia, no por comedida, carece de impacto. Esto es debido, tal vez, a que se escogió la mejor de muchas: una que las encierre a todas. En cambio, en una novela, es más permisiva, las metáforas se encabalgan como potros que corren desaforados por una llanura extensa, sin límites. En la estrecha llanura de los cuentos las metáforas deben cabalgar sigilosamente, sin despeñarse en muchas direcciones.

Novela. Género imperfecto por antonomasia. Algunas como Obabakoak, de Bernardo Atxaga, novela que trata teoría y praxis del cuento, está conformada por varios de ellos de longitudes disímiles. Este género es el más tardío de todos. Narra. Narra en prosa generalmente sucesos (ficticios), o reales en parte, describe la evolución de los personajes. Algunas se les llama novelas de formación, donde existe una transformación del personaje principal. Aunque en casi todas las novelas estas transformaciones están presente.

Palabras. “No hay en la tierra una sola palabra para que sea sencilla, ya que todas postulan el universo.” Jorge Luis Borges, prólogo a El informe de Brodie.

Plagio. A mi entender el plagio tiene muchas ventajas si lo comparamos con el trabajo de creación. Es más fácil de realizar y menos laborioso. Se pueden terminar veinte plagios en el tiempo que lleva una sola obra de creación. Y a menudo se logran resultados muy buenos, cosa que no sucede con los trabajos de creación, porque las cualidades del ejemplo sirven de guía y de ayuda. De verdad digo que esa condición de latrocinio es perjudicial. Porque nos priva del mejor instrumento que poseemos para dar vida a la isla.

Poema. Género que por su composición se consideró en el Seminario como el género más cercano a los cuentos, a razón de la precisión y al mayor provecho de las palabras.

Tensión. Con el atributo de las cuerdas, entre más se estira más probable es que se reviente. El punto justo entre el contacto y la distancia a este quiebre, las dos puntas que se muerden la cola, que figuran una esfera.

Verbo. Lo que fue primero. Su uso indebido puede ser tan perjudicial como los adjetivos. También del abuso del lector que tanto Ánton Chéjov póstula en sus consejos epistolares. Los verbos están llenos de acción, cargados.


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