10 feb. 2008

A OTRO CON ESE CUENTO

Juan Zamora




“¿Otra vez con el mismo cuento?”

“A ver qué cuento me traes ahora.”

“¡Yo no me como ese cuento!”

“Tú y tus cuentos.”

“Hay que ver que tú sí eres cuentero vale.”

“Déjate de cuentos.”

Resulta increíble –al menos para mí- la manera en que muchos desprecian o se niegan a recibir un cuento. Esa narración oral o escrita, breve (a veces), en la cual se relata una historia y bla, bla, bla, bla, bla…

Dentro de la definición de cuento, existe una pequeña frase que brilla, una frase maravillosa: “puede ser real o ficticio”. Desde un punto de vista muy particular y, apoyándome en la lógica, pudiera decir que estamos ante una conjunción, ya que ambas variables son verdaderas, por lo tanto, la proposición es verdadera.

¿Que qué estoy tratando de proponer? ¡Lógico! Que a pesar de lo apremiante, molesta o confusa que pueda ser la situación, deberíamos hacer el esfuerzo por no rechazar un cuento, y que además, cualquier cuento puede ser verdadero:

Un aliento sulfuroso y sofocante se interponía entre la bestia y el guerrero, sin embargo, éste último no dejaba de blandir su espada. El calor iba en aumento y la situación se hacía cada vez más crítica para el valiente campeador. La bestia avanzaba y, con cada zarpazo, acorralaba más a su presa aminorando sus posibilidades de salir con vida. De pronto y como por ayuda divina, una certera estocada logró dar al traste con la inmisericorde voluntad de aquel monstruo. El guerrero salió ileso pero… sin el cofre del tesoro…

-Ramón David, qué tan grave puede resultar pedir un aumento de sueldo, ¡por amor a Cristo!

-Te juro que hice lo que pude. Hablé, hablé y hablé, pero el viejo cascarrabias no quiso dar su brazo a torcer. Gracias a Dios salí con vida de su oficina.

-Esto me huele a cuento, y más por la forma en que lo narras. Yo creo que esto es más de lo mismo. Tú a lo mejor no dijiste nada. Como siempre.

-¡Claro que sí!, pero espera, que hay más.

-Ahora no Ramón David, estoy ocupada…

¿Qué le impide a la interlocutora de Ramón David, disfrutar del “cuento”? No es sólo su escepticismo, también está su débil disposición a ver la realidad a través de otro cristal. Al menos para hacerla más llevadera; más, ¿divertida?

Personajes, tema, conflicto, solución, principio y fin. Todo esto es parte de un cuento. Eso todo el mundo lo sabe ¡Por favor!, si se ve en las primeras horas de cualquier taller de cuentos. Ahora bien, si se fijan, esto no es más que parte de la cotidianidad; todo está allí, flotando en el ambiente. “El tema”, eso más que nada anda pululando por ahí, en el aire, en el día a día.

Sin ninguna intención de desmerecer la importancia del tema como parte fundamental del cuento; coincido con muchos en que lo interesante radica en la forma en que se “echa el cuento” y, en la capacidad que tenga la historia de abstraer a quien la lee o escucha, de su entorno. Cabe destacar que esta responsabilidad reposa sobre los hombros de quien escribe o narra el cuento, pero independientemente de ello, pienso que sigue siendo una maldad cerrarle las puertas a una historia (buena o mala, primero hay que leerla o escucharla –al menos el principio, a ver si nos atrapa- para después juzgarla).

¿Otra vez con que qué demonios intento decir? Bueno, trataré de simplificar. Repasemos lo básico: Principio, nudo y desenlace ¿Esto tampoco lo entienden? Bueno, entonces asistan a cualquier taller de cuentos. Miren que hay muchos, les puedo recomendar algunos…

Echar un cuento representa un genuino esfuerzo creativo. En ocasiones, nos vemos obligados a recurrir a esta herramienta para enfrentar de mejor manera los avatares de la vida; hacerlo de manera jocosa siempre resulta mejor que cualquier cosa. Hay quienes lo ven como excusas. Allá ellos, que se lo pierdan.

Todavía estaba medio dormido cuando me di cuenta de que lo que tenía en la mano no era precisamente el cepillo de dientes ¿Alguna vez has intentado lavar tus dientes con un tampón? El agua estaba muy fría, tanto, que tuve que espantar a dos pingüinos de la bañera. Me llevó más de media hora sacarlos porque de verdad que eran muy tercos. No conseguía el talco para los pies, mis hijos lo tenían en su cuarto, habían estado jugando a los narcotraficantes, no sé dónde aprenden esas cosas pero por si acaso, le voy a poner clave de acceso al GameBoy. La cafetera estaba haciendo un ruido muy raro, luego me percaté de que en lugar de café, le había puesto maíz para cotufas. Saben bien con tocineta, créeme. Cuando salí de la casa, comenzó a nevar, o al menos eso creí hasta que los incesantes estornudos y mi manchado traje me hicieron reparar en que los niños habían vuelto a agarrar el talco para los pies…

-Está bien Ramón David, no te voy a descontar la llegada tarde. Tampoco voy a creerte, pero lo que sí reconoceré una vez más, es tu prolija imaginación.

-Juro por mi tía barbuda que todo lo que te conté, es cierto.

-Tampoco creeré jamás eso de que tienes una tía barbuda; y por favor, no abuses de tu suerte…

En este segundo caso, el interlocutor o interlocutora, al menos aprovechó la ocasión para disfrutar el “cuento”. Esa es la idea.

Julio Cortázar, en una conferencia que dictó en la Habana (Julio de 1970), expresó lo siguiente:

“El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta.”

Incluyo este párrafo acá, porque se me dijo que esto debía ser un “ensayo didáctico” (¡Ja!). Para que un texto sea didáctico, basta con incluir nombres de gente importante, fechas y, citas que nadie entiende pero que infunden respeto y admiración (¡Sí Luís!, a otro con ese cuento…).

Imagino que todavía hay quien se pregunta: ¿de qué diablos habla?

Sigo hablando del cuento como expresión genuina, característica y muchas veces hasta socorrista del ser humano, que a veces hasta sobrepasa lo preestablecido. Israel Centeno, en una reciente entrevista decía: “Sin procurar vender un axioma o una sentencia, puedo atreverme a compartir una humilde convicción: el arte, la expresión creativa, trasciende los dogmas” (creo que se entiende más la opinión de I. Centeno).

Volvemos a lo de “ensayo didáctico”, pero es que esto es perfectamente aplicable al cuento cotidiano. Ése que fluye a diario en cualquier tertulia. Y miren que hay algunos a los que sólo hace falta adosarles el calificativo de “Kafkiano”.

Un cuento es un cuento, venga de donde venga, muestra creativa pues. Si se hace por necesidad, a veces resulta más creativo que cualquier otro –aunque transcienda los dogmas-. De manera pues, que no desechemos ningún cuento. Decía Flannery O'Connor que: “Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana…”

¿Hace falta más? Sé que puede resultar molesto que alguien le venga con un “cuento” pero, ¡caramba!, ¿y qué con la creatividad del fulano o fulana?

Buscar una conclusión a todo esto podría resultar en redundancia, y eso sí que es fatal para un cuento; así que al estilo de las fábulas –que no es ese el tema que estamos tocando, pero nos hace parecer cultos y quizás así se coman el cuento-, es preferible dejar el resultado de todo esto a gusto del consumidor.

Buenas noches, o días según sea el caso y, que tengan un final feliz…


http://lemuriosidades.blogspot.com/


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