10 feb. 2008

NO TE COMAS ESE CUENTO

Yoyiana Ahumada L





Quienes procuramos garabatear historias que emanan de nuestras zonas más oscuras, o al menos las intervenimos para que así parezca, tenemos que echar el cuento de qué, cómo y por qué llegamos hasta allí, o lo que es más desafiante: como llegaron otros que además nunca trabajaron para los Hermanos Chang, por cierto empresarios arroceros de Manchuria que no comparten su cosecha y a quienes no se les conoce pariente difunto.

Es que los Hermanos Chang son unos chineros, no negreros, como las voces silentes de Dumas, que vaya a saber uno si en realidad son los autores del Conde de Montecristo, y a las que él nunca les respetó su derecho de autor. ¡Merde! No, los Chang comen todo lo que se mueve, pero sobre todo cuentos de camino, de esquina, confesionales, vampirizan a los amigos, a los parientes, a los one for moment, a sí mismos, a cualquiera que sea matera prima para un cuento y todas las formas discursivas que se produzcan hasta en las paredes de la ciudad. Aunque no se crea, el imperio Chang, exprime hasta esas intervenciones del espacio que hace el “mágico pincel de los graffiteros” en sus dispositivos de arte ¡Ja! “Cristo viene, y viene arrecho…” Claro, porque le tocó ir para Barrio Adentro II, el que llamaron Salvador Allende y para salvador él… El graffiti resulta entonces un cuento casi siempre mal echado, sobre todo cuando es político y cuando lo estampan en las paredes de una casa que ha sido reconocida con el premio Nacional de Arquitectura, o sobre las estatuas. Ahí se vuelve de terror y directamente pasa a ser el hermano tonto de la novela, y un género menor.

Y ya me voy arrimando al mingo del asunto, porque se trata de la teoría del cuento a quien le ha tocado echar mano de la lingüística del texto, la etnografía de la comunicación y la narratología, o sea, ropa prestada que Luis Barrera Linares, quien se ha cansado de echar el cuento de lo que se trae el cuento, apunta para una teoria del cuento: “pareciera exigir ya un conjunto de teorías que sirvan de marco científico a la hora de abordar el texto literario de un modo más o menos serio y con la finalidad de proponer rasgos delimitativos que vayan más allá de la gastada noción de ‘género’ que es a donde queda confinado el cuento, sobre todo en ciertas culturas” donde el gran aliento de la novela, priva sobre el incisivo y fugaz pasaje del cuento.

Asi las cosas, se sigue pensado en que es necesario establecer unos rasgos para aproximar una teoría que integre los elementos consustanciales al cuento, y no termine por convertirse en una fórmula fast track, o en una receta. Todo apunta hacia una manera de hacer que permita echar un relato que encante al lector, que esté escrito con originalidad y que maneje el suspenso, entendido como la serie de indicios que nos van a llevar hacia un lugar completamente inesperado y con una anécdota original. Hacia allá es donde apuntan las nuevas aproximaciones al ¿género? Se trata de aventurar posturas recurriendo a quienes a su vez terminaron contra la pared por andar echando cuentos y se erigieron en teóricos por obra y gracia de los investigadores y teóricos a quienes muchas veces les sale dictar conferencias porque no saben echar cuentos sabrosos. Así, hay una cuentología, (término que no existe) de Poe, de Quiroga, que produjo ese manual, “El decálogo del perfecto cuentista”, y que aspiraba un poco el rumbo de una generación de cuentólogos o echa cuentos latinoamericanos.

Comencemos a despellejarlos para no llegar a ningún punto fijo, e iniciar una sesión para dejarlos en carne viva. Es que resulta que además del texto (objeto a estudiar), están el emisor del discurso (el escritor), el contexto psicológico y sociocultural que está implícito, salvo en los cuentos enmarcados en el realismo socialista donde lo sutil, lo implícito y lo sugerido a la inteligencia del lector, es sustituido por lo obvio, lo pedagógico, la lección a juro, de unas condiciones sociales que agudizan la contradicción del personaje.

“Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”. Dónde, quién era el dinosaurio. ¿Qué impacto puede tener el animal diluviano en un lector de podcast? Es decir un nano-lector que es muy distinto a un lector enano, quienes por cierto eran habitué de los cuentos de hadas, de los relatos pantagruélicos de un cuentista fabuloso y gallego, el llamado Alvaro Cunqueiro, especialista en sirenas, magos, por cierto poeta, gastrónomo, periodista y dramaturgo. En sus primeros tiempos fue poeta vanguardista neotrobadoresco (premio Nadal 1968, y Premio Nacional de la Critica 1959).

Tarrallazo cultural aparte, diría otro echador de cuentos, el periodista, escritor y humorista, Oscar Yanes, rey del color amarillo en la tinta, por tanto experto en “...la exacerbación de un personaje, de un ámbito o de un hecho. Pero no de todos a la vez”, José Balza dixit, escritor a quien debemos teorías vernáculas sobre el cuento. Chiva negra aparte, me llama a cuento la cercanía con la brevedad del poema en el caso de Cunqueiro, la traslación de la tradición oral de la trova que configuran al autor galego y que luego con una comodidad, a la que interpreto como genio, la traslada a la escritura. Entonces ¿dónde está el misterio? Si seguimos a Balza y la afirmación de que un cuento solo es posible si hay la escogencia fortuitamente deliberada, entre un ámbito, un personajes o un hecho para llevarlo al paroxismo, apoderarse de ciertas estrategias ficcionales y zaz producir el cuento, podría uno estrellarse contra las interrogantes que aparecen apretujadas en el cuento que más rápido uno se come en la literatura occidental “Y cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”.

¿Qué puede ser más exacerbado, que ese “estaba ahí”. ¿Quién despertó? El querido Monterroso nunca pudo empujar a ese dinosaurio al lado y aunque confesó a sus 81 años, antes de no volver a despertar, que se llevaba bien con el bichejo, pues el minicuento se le convirtió en el verdadero fósil en el que quedó estampado.

En realidad, para la novela es más sencillo, con esa categoría de la intertextualidad, el cruce de géneros en franco saqueo al discurso audiovisual, a géneros musicales como el bolero y el tango; el cruce entra la mal llamada alta y baja cultura, el mestizaje de léxico: idolectos, sociolectos etc. Al cuento le toca un trabajo mucho más completo para definirse, no en relación a otro género, sino a sí mismo. Su lugar único, quizás por la capacidad de síntesis a la que hace honor, por ese rapto discursivo donde la anécdota estalla para alcanzar un destino de muy breve transcurrir y donde no hay la posibilidad de Sherezade de salvar la cabeza, si en las tres primeras líneas, no se impacta, no se produce un robo del alma y el interés del lector.

El cuento, sigue siendo un enigma y como sostiene Barrera Linares no se conoce hasta ahora ninguna iniciativa que pretenda integrar de algún modo factores de apariencia tan diversa como el texto (objeto de estudio), el receptor (destinatario y juez final), el productor (escritor) y el contexto psicológico y socio-cultural implícito en la elaboración de un cuento.

Materia de reflexión, la unidad de espacio y tiempo, en función de las transformaciones que la segunda dimensión viene provocando en nuestras vidas, aludo al nano-contenido que cada vez cobra más vigencia en ciudades catastrofistas como Caracas, ya no alcanza la media hora que adelantó el gobierno nacional, ni para decir había una vez en el Meridiano de Chichiriviche.

Llegados hasta aquí, este cuento ya se alargó como para haber llegado a algún derrotero y no fue así y, como dice la tradición oral, Colorin colorado, en nombre de Sherezade, el Conde de Lucanor, George Sand, Guy de Maupassant José Rafael Pocaterra, Borges, Federico Vegas, Lewis Carrol, Senel Paz, Guillermo Cabrera Infante, Monterroso y su dinosaurio se ha acabado…

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