10 feb. 2008

ATLAS CHANG

José Urriola



Hoy te voy a pedir algo raro. Algo especial. No, no es lo del disfraz de vaca. Eso para otro momento (qué bueno es lo del disfraz de vaca, lo tenemos que repetir algún día). No, tampoco va de ligueros, bolas chinas y tacones de aguja, eso es especial pero no raro. Coño, mujer, déjame hablar o no te cuento nada. Hoy quiero que te portes bien y te busques un atlas. Sí, un atlas, de esos donde salgan continentes y países y se vean los mapas. No, no te tienes que poner ningún traje típico de nadie, ni lamerte Costa de Marfil, no tengo un fetiche geográfico. Búscame el atlas y vístete. Y no me beses así, deja de pasarme la lengua por allí que entonces me distraigo, me pongo bruto, se me borra el mundo. Quita esa mano, quietita acá, eso. Esto es realmente importante. De vida o muerte. Es lo más importante que te he contado jamás.

Bien, lo primero que tienes que hacer es jurarme que no le cuentas esto nunca a nadie, ni que te paguen, te torturen o te secuestren a un hijo. Tú no sabes nada. No has escuchado nada. Te lo cuento porque si no lo cuento estallo, se me revienta la tapa de los sesos como una olla de presión y salpico al mundo entero. Bueno ahí te va: los chinos para los que trabajo, los hermanos Chang, no son chinos. Son extraterrestres.

No te rías, no te rías o no sigo. Y tápate un poco. Te estoy viendo un pezón rozando contra la tela del suéter y entonces me confundo, me pierdo. A ver, por dónde iba… ah, ya, lo del cuento de los chinos; esto que te digo lo sé porque me cayó un documento confidencial en las manos. Un documento secreto que los Chang ni imaginan que yo leí. Una carta escrita por Zhang Yimou a los hermanos Chang. Él es un cineasta chino, el que hizo Hero, ¿Te acuerdas? Esa la vimos juntos y a ti te gustó Jet Li ¿Y de La casa de las dagas voladoras, te acuerdas? Ahí a la que le gustó la china fue a mí. Sí, bueno, es el director de esas películas chinas hermosísimas que son épicas y de artes marciales pero donde la gente vuela y pelea sobre el agua, y son una coreografía gigantesca de colores brillantes, como una sinfonía de telas al viento, flechas, hojas, espadas y uno se pregunta por qué carajo los chinos no son dueños del mundo si son capaces de hacer cosas así. Pues Zhang Yimou es también uno de ellos. Igual que Gong Li, igual que Wong Kar Wai, que Tony Leung y que Maggie Cheung, lo mismo que Jet-Li y que esa actriz jovencita que a mí me mata que se llama Ziyi Zhang. Todos ellos pertenecen a la misma protoraza y vienen del mismo planeta.

El asunto es más o menos así: Los humanos no somos otra cosa que un experimento. Un experimento fallido. Las cosas se les salieron de control en este enorme laboratorio llamado Tierra. Y la raza de los Chang son, además de nuestros creadores, nuestros redentores. Están aquí para enderezar lo poco enderezable que queda, para salvar lo poco salvable.

Yo sí había notado que cada vez que los Chang eliminaban a alguien se guardaban un trocito. Un ojo, un mechón de pelos, unas uñas arrancadas de raíz, la punta de una lengua, algunas muelas. Y ese pedazo caliente era guardado en bolsas plásticas, con cuidado, con esmero, y era retirado de la escena con un sigilo no exento de un sentimiento que se me parece un montón a la emoción. Uno va atando cabos, aunque no quieras, aunque prefieras hacerte pasar por pendejo; porque a todo eso le sumas que los hermanos Chang tienen un dicho extraño: “No sabemos si existen cielo o infierno, pero el purgatorio es la Tierra”. Y esa frase está colgada siempre, en un cartel, sobre la puerta de la oficina privada de los Chang. Esa puerta que nunca se abre y a la que nunca nadie tiene acceso. La que queda al fondo, en el rincón más apartado de todos los negocios Chang. Un día quedó la puerta entreabierta y yo me asomé. Vi varios estantes llenos de frascos de muchos tamaños. Todos tenían fetos dentro. Pensé que los Chang traficaban con órganos, que utilizaban tejidos de los fetos para venderlos en el mercado negro a ricachones con cáncer, a ancianas estériles, o como materia prima para hacer medicinas y cirugías que casi nadie puede pagar. Pero los Chang no son tan miserables, no harían algo así por dinero. Los mueve algo mucho más trascendental.

La clave está en la frase: El purgatorio es la Tierra. Lo acabo de entender. Los Chang están en guerra, una guerra sin cuartel contra los malos. Por eso los buscan y los eliminan. Les dan durísimo. Pero no se trata simplemente de aniquilarlos, sino también de darles una segunda oportunidad. Por eso guardan de cada uno de ellos un pedacito. Para extraerles el ADN y clonarlos. No una clonación cualquiera, sino una que está manipulada, es un asunto romántico, altruista. Las cadenas de ADN de cada villano son intervenidas, combinadas con el ADN que los Chang sintetizan de su propia sangre. Esos frascos contienen a la maldad en su estado fetal. Serán devueltos a la vida, para tener otra oportunidad. Y quizás serán tan malos como antes, es cierto, pero tendrán una opción en su propio código genético. El bien será como un germen que los contamina por dentro, que les fluye por las venas, y esta vez podrán entonces escoger. Están condenados a expiar sus culpas aquí en la Tierra.

Eso es sólo la mitad. Ahora vamos con lo del mapa. Búscate a China. Mira la forma que tiene. Parece un arma, ¿no? Es como una extraña pistola marciana, con su cacha, su percutor, su cañón. Es como si un gigante espacial la hubiera dejado acuñada allí, disimulada en el estómago de Asia. Busca ahora el mapa de Venezuela. Aquí, en la 237, míralo bien. Parece una pistola también. Más o menos como China pero a escala ¿No te das cuenta? Amazonas es el mango, Sucre el percutor, Falcón es la mira, Zulia es el cañón que apunta hacia arriba.

China y Venezuela, los pueblos elegidos. Están saneando la casa antes de lanzarnos al espacio. Están haciendo labores de profilaxis. Lo que no sirva será clonado y abandonado en la Tierra junto con el resto del mundo, los pueblos desechables. Aquí se quedarán, en su purgatorio celeste. Nosotros no, nosotros nos salvamos. Salvarán a los chinos, a mil millones de seres hechos a su imagen y semejanza. Salvarán también a los venezolanos (y esa es la razón por la que los Chang vinieron a parar aquí), quizás simplemente porque tenemos país con forma de pistola o porque así fue decidido y punto. En algún momento se dará la orden de fuego desde el planeta de los Chang y estas enormes pistolas-naciones que ves en el atlas dispararán su carga. Saldremos lanzados por el espacio en un rayo que nos proyectará hasta un mundo nuevo escogido para nosotros, sus escogidos.

Pero hay algo más, una última frase que decía la carta de Zhang Yimou a los hermanos Chang. “Recuerden Italia, nos faltaría sólo Italia”. Eso me hace pensar que ellos también se salvarán.

Bueno, ya está. Me quedo ahora mucho más tranquilo después de haberlo confesado. Es como si me hubieran quitado la tapita metálica para que salga el aire caliente a presión. Vamos ahora a lo que vinimos. Ven para desvestirte un poco, vamos a hacerte maldades. A celebrar que nos salvaremos, cosa curiosa, a tiro limpio. Ven, ayúdame a zafarte este nudito del pantalón (por qué coño te pondrás esto así de apretado si sabes que te quiero desnudar). Cómo que no. Cómo es eso de que mire en el atlas el mapa de Italia. Suelta ese atlas, chica. Qué vaina es esa de que ahora se te fueron las ganas porque pobrecitos los italianos y tener que salvarse así.


http://joseurriola.blogspot.com/


1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué caprichoso tu protagonista. Y qué esperaba? Después de haberle soltado algo así- es normal- se te quitan las ganas de todo...